Testimonio de Joana Maria, paciente con COVID persistente. | Youtube Última Hora

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«Salí del hospital a mediados de abril del año pasado. Cuando llegué a casa no podía hablar, no era capaz de andar ni comer nada sólido y solo podía beber líquidos con espesante. Era un cuerpo muerto. Y aún así solo podía sentirme agradecida de estar viva. Otros no han tenido la misma suerte», confiesa Joana Maria Rado.

La vida de esta mujer, y de su familia, se detuvo en marzo del año pasado. Su hijo pequeño, de 15 años, pasó lo que pensaban que era una gripe fuerte. Al menos así se lo diagnosticaron. Y ahí estuvo Joana Maria, como toda madre, al pie del cañón. Ella comenzó a sentir los primeros síntomas unos días antes de que se anunciara el estado de alarma, cuando la COVID-19 había pasado de ser una enfermedad lejana y peligrosa a convertirse en una auténtica pandemia en nuestro país.

«Llegué a son Espases el lunes 16 de marzo porque me encontraba francamente mal. Tenía claro que lo mío no era la típica gripe. En las noticias solo hablaban de contagios y fallecidos por COVID-19, no de personas que se recuperaban. No es que tuviera el miedo en el cuerpo, estaba aterrada. Poco después confirmaron el diagnóstico en urgencias: coronavirus. No recuerdo mucho más. La ansiedad, el miedo a lo desconocido, la debilidad por el virus, me faltó oxígeno en el cerebro… Me desperté intubada en la UVI. Vi a mucha gente de blanco aplaudiendo y sonriéndome. No entendía nada. Luego supe que había pasado 17 días en coma inducido. Y había sobrevivido», relata Joana Maria.

Joana Maria Rado ,paciente con covid persistente
Joana Maria Rado, paciente con covid persistente.

No pudo dejar el hospital hasta dos semanas después, tras dar dos veces negativo en COVID. Pero el daño estaba hecho: había perdido toda la masa muscular y solo podía mover el brazo izquierdo. «Los que nos contagiamos en la primera ola fuimos algo así como conejillos de indias. ¿Qué iban a hacer los sanitarios si no sabían a lo que se enfrentaban? Probaron conmigo tratamientos contra la malaria, el paludismo… sufrí una sepsis y mis órganos no empezaron a funcionar hasta que comencé con la diálisis. Pero el daño en mi cuerpo ya estaba hecho. No he vuelto a ser la misma. Pero espero volver a serlo», admite esta mujer, que ahora se apoya más que nunca en su marido y sus dos hijos.

«Son los mejores. Siempre han colaborado en casa, pero ahora se desviven por hacérmelo todo más fácil. No puedo quejarme de mis ayudantes. Si yo lo he pasado mal, imagínese ellos, confinados en marzo, como todo el país, y esperando la llamada diaria del hospital para conocer mi evolución, y luego hacer la ronda de mensajes al resto de la familia y amigos. Una pesadilla...».

Ha pasado un año desde que volvió a casa y Joana Maria asegura que las secuelas de la enfermedad y la nueva realidad en la que vivimos le han hecho plantearse muchas cosas. Suponía que sufriría problemas respiratorios, pero no una cascada de sintomatologías tan diversas.

«Tomo aerosoles con corticoides para mejorar la respiración, porque cuando ando me falta el aire. Piense que el nivel de saturación de oxígeno de una persona normal ronda el 98 o 99, y yo la tengo al 94. Pero solo se pueden inhalar cada once horas. Y encima me han provocado hipertiroidismo. He engordado, tengo sudoración continua, estoy acalorada… para qué le voy a contar más».

Joana Maria también ha tenido que bajar el ritmo y acostumbrarse a hacer descansos entre tarea y tarea doméstica. «Hago la cama y paro; limpio los platos y paro. Ya me he hecho a la idea, y como veo que voy mejorando poquito a poco, me anima a seguir adelante. Y doy gracias por el fisioterapeuta que me pusieron a los pocos días de volver a casa. Aunque tengo una pierna que no responde, la tengo dormida todavía. Pero ahora, por ejemplo, me animo a salir de casa sola, antes no podía, porque me caía cada dos por tres. Ya no llevo ni la cuenta de los golpes que me he dado. Pero he aprendido a hacerlo con estilo», finaliza con sorna.