Francisco Jiménez. | Alejandro Sepúlveda

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Hace doce años que Francisco Jiménez, escritor evangélico, visita como voluntario la cárcel de Palma con la misión de llevar la palabra de Dios a los presos. Un día, cuando solo hacía un mes que acudía a la prisión, un recluso se le encaró, nariz con nariz, y le soltó: «¡Soy el diablo en persona!». Francisco, lejos de amedrentarse, le respondió de forma campechana: «Macho, pues conmigo lo tienes claro». El preso dio media vuelta y se fue. El escritor evangélico entremezcla la religión y vivencias como estas en el centro penitenciario en su primer libro, bautizado como Cuando no comprendemos a Dios (editorial Avant).

¿Cuándo se gestó el libro?

—El 10 del 10 del 2008 a las cinco y media de la tarde. Hay temas que a todo el mundo le llaman la atención. Por ejemplo: ¿Qué es la Biblia?, ¿quién la escribió? Un chaval me dijo en una ocasión que la Biblia la escribieron hombres y por qué tenía que hacer caso a lo que habían escrito unos hombres. Y todo lo que pongo lo corroboro con lo que dice la Biblia.

¿En qué momento decide ayudar a los presos?

—Fue a los cinco o seis años de haberme convertido, de ser creyente. Me lo propuso un compañero ya mayor. Me dijo que tenía un proyecto para mí, pero que lo pusiera en oración para ver qué me decía el Señor. Los católicos rezan y nosotros, los evangélicos, oramos. Nosotros hablamos con Dios como si habláramos con un amigo, pero nunca son oraciones repetitivas ni machaconas.

¿Cómo trabaja con los internos?

—De nuestra iglesia cristiana evangélica, que está en la zona de los Molinos (Palma), somos unos 16 evangélicos los que visitamos a los presos de la cárcel. Antes de la pandemia acudíamos uno o dos días a la semana. Íbamos en pareja y teníamos dos módulos asignados. Le pedíamos a los funcionarios que anunciaran por megafonía que había reunión de la pastoral evangélica y entonces íbamos a la escuela y hablábamos con los internos.

Les ayudan...

—Si alguno tiene necesidades de ropa nos lo plantea y miramos de solucionarlo, aunque no es nuestro cometido. Nosotros vamos allí a llevar la palabra de Dios para que cuando salgan tengan sus cabezas ordenadas.

Acaban haciéndose amigos de ellos.

—Sí, claro. Cuando salen de la cárcel procuramos hacerles un seguimiento porque si los dejamos abandonados pueden volver otra vez, pero eso ya no depende de nosotros. Algunos han venido a la iglesia y les hemos ayudado, pero hay otros que cuando salen en libertad y ya no están bajo la presión de los funcionarios se desmadran y no sabemos nada más de sus vidas.

¿Aparece algún político que haya pasado por la cárcel de Palma?

—No. Todos esos políticos que roban no saben que ese dinero está maldito y, tarde o temprano, les creará problemas.