Los ganaderos reclaman a las instituciones medidas para salvaguardar las 16 vaquerías que aún resisten en activo en Mallorca. | Joana Mascaró / Pilar Pellicer

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La jornada laboral de Joana Mascaró comienza bien temprano, a las 6.30 de la mañana, casi al mismo tiempo que la del gallo. Su primera labor pasa por levantar a sus fieras, y no me refiero a sus vacas sino a sus dos hijos, adecentar la casa y llevarlos al colegio. De allí parte a la sede de UPA, la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos, en la que ejerce su labor como gerente ejecutiva.

Al mediodía vuelve a la finca familiar para seguir con su rutina, la que más le gusta y le llena: sacar a pastar a sus 75 reses, limpiar establos, reparar cercados, dar biberones a los terneros y ordeñar las vacas los siete días de la semana, siempre a la misma hora, que la marcan las vacas, no ella ni su familia, y, finalmente, esperar la recogida de la leche, que se irá a una empresa quesera de la comarca. «Es un trabajo muy sacrificado, aquí no hay descanso y las horas están marcadas. Las vacas no entienden de fines de semana, de vacaciones o de fiestas de guardar», señala Joana con resignación.

Ella es la cuarta generación de una familia que ha vivido y trabajado en el campo al frente de la finca s’Hort de Son Coves, en el municipio Campos. Una rara avis, porque es la única pagesa joven de la rama de la ganadería. Estudió Turismo y Empresariales, pero la sangre tira y decidió dejar su puesto en un banco, sin duda bastante menos sacrificado, para ponerse al frente de la vaquería familiar, una de las pocas que aún hoy subsisten en la zona. ¿Por qué? Joana es muy franca: «Esta es mi vida. No soy capaz de imaginar mi granja sin vacas, y si no me ponía yo al frente el legado familiar se perdía. Veremos qué pasa en el futuro con mis hijos, pero por ahora hay otra generación al frente. Y eso es lo que importa», explica.

Condenados a desaparecer

La situación del sector lácteo es cuanto menos delicada, por eso la proeza de la explotación que dirige Joana Mascaró es digna de mención. Los datos cantan: las vaquerías van echando el cierre a cuentagotas. Solo en el municipio de Campos había 400 granjas lácteas hace tres décadas, y según datos de la Conselleria de Agricultura, a fecha de 2018, el numero de explotaciones en activo es de 28; número, por cierto, que difiere bastante del que manejan los sindicatos agrarios, que reducen hasta 16 las vaquerías en funcionamiento.

Para Joana Mascaró, gerente ejecutiva de la organización agraria UPA, la falta de relevo generacional ha condenado muchas explotaciones lácteas, que se han visto abocadas a echar el cierre cuando sus propietarios se han jubilado. «La mayor parte de los jóvenes ven el agro como un sacrificio, por eso prefieren dedicarse a otros proyectos. Hay incentivos, pero no son suficientes», lamenta Mascaró. En este sentido, desde la Conselleria de Agricultura recuerdan que se han destinado para este 2020 hasta tres millones de euros a fomentar la incorporación de jóvenes al campo, al tiempo que ha puesto en marcha una nueva línea de ayuda valorada en 200.000 euros para asesoramiento a jóvenes pageses que no procedan de familia de campo. ¿Los jóvenes llegan a enterarse de estas subvenciones?

Si a esto le sumas el aumento de los costes de producción, y que el precio de venta de la leche lleva congelado casi 20 años, llegas al fondo de la cuestión: «Vendemos el litro de leche a 0,34 céntimos. Esto es algo así como trabajar por nada. Porque con esos precios es imposible ganar un sueldo digno. No pedimos la luna, si nos subieran el litro de leche seis céntimos estaríamos contentos, y no porque vayamos a hacernos ricos precisamente», apostilla la responsable de la finca s’Hort de Son Coves, al tiempo que confirma que si no se producen cambios reales, «las granjas lácteas de Mallorca terminarán desapareciendo».

Leche autóctona

¿Sabían que de las casi 70.000 toneladas anuales de leche procedentes de las vaquerías insulares, los baleares solo consumimos el 15 por ciento en el mejor de los casos? Toca preguntarse por qué sucede algo así. En este sentido, desde las explotaciones agrarias de Mallorca piden a las instituciones que se promocione este producto, el de cercanía, al tiempo que recuerdan que la leche de las Islas pasa por controles de calidad muy estrictos: analíticas diarias cada día cuando pasan a recoger la leche; la conselleria del ramo hace lo propio cada dos días con el producto; y una vez al mes se realiza una analítica a cada vaca. «Nuestra leche es más segura y pasa más controles que cualquier otra que viene de fuera» finalizan.