El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. | Andreu Dalmau

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En Europa están atónitos. El grueso de los líderes continentales apoyan a Rajoy y una salida constitucional para el conflicto catalán, como no puede ser de otra manera conforme al sentido común y a los intereses del euro. Pero lo hacen azorados, descompuestos, mareados viendo a u Puigdemont encabritado y a un Rajoy vestido de rejoneador. No comprenden nada. No han leído a Galdós. No entienden el alma de la piel de toro. No comprenden que aquí el orgullo es más importante que la vida. Aquí Shakespeare habría sino mucho más grande de lo que fue en su tierra. Ya lo escribió en su 'Coriolano': El orgullo echa a perder al hombre favorecido por el éxito». Aquí se aplasta, se golea y se humilla. La victoria como simple autoafirmación no sacia la sed de orgullo. No es suficiente. Por eso el pulso de Catalunya marcha por el peor de los derroteros hacia el absurdo y la ruina de todos. No hay Estado que no sufra lo indecible si le da un infarto a su corazón industrial.

Ni Rajoy está dispuesto a ceder un milímetro dándole una salida suficientemente digna a Puigdemont, ni éste hace el más mínimo gesto que pueda interpretarse como una aceptable voluntad de acuerdo. Europa no quiere ni líos ni resquebrajamientos y por eso cierra filas tras el Gobierno constitucional. Pero en el fondo deben pensar: «Vaya panda éstos de la Península Ibérica, medio milenio juntos y no se soportan ni en pintura». Eso les pasa porque no tienen ni tendrán jamás la riada de orgullo ciego que brota del alma hispana y que es, tal vez, su alimento fundamental. Ya lo dijo Shakespeare: «El orgullo se devora a sí mismo».

Encima, un PSOE herido en su orgullo al haber dejado de ser el partido hegemónico del país y casi de la izquierda, se ha puesto del lado de Rajoy en vez de haber construido un puente de entendimiento. Prefiere pactar con el PP y armar un decorado de conveniencia que recuerda aquel Bienio Negro de 1933, cuando los radicales republicanos de Lerroux se aliaron con la CEDA de Gil Robles provocando a otros para que se encendiera una hoguera que acabó con Companys y con numerosos socialistas en la cárcel, Prefiere eso antes que construir un sólido camino de entente entre Madrid y Barcelona.

El PSOE de Pedro Sánchez actúa así por despecho, que es la peor expresión del orgullo y no por lucidez e inteligencia. Añora aquel PSC motor del cambio en España en los años ochenta,que lograba tantos votos y tenía tanta fuerza que logró de Felipe González la olimpiada para Barcelona de 1992, con su inseparable 'amigos para siempre'. ¿Dónde está aquel PSC equilibrador? Lo único que queda es Iceta y su pequeña fuerza relativa. Encima, Pedro Sánchez tiene ahora otro problemón: el PSOE andaluz de Susana arrastra una mochila inmensa con el escándalo judicial de los ERE y los cursos de formación, incluida la imputación de Chaves y Griñán. Díaz tiene que arreglar este desaguisado al precio que sea, Consecuencia: Pedro Sánchez no tiene más margen que cuadrarse ante Rajoy si quiere mantener un relativo control de su propio partido.

Y el orgullo lleva a cometer errores de bulto, como pedir cárcel para los líderes de la sociedad civil catalana. ¡La inteligencia política no regala mártires, los evita! Y el orgullo lleva también, en el otro bando, a convertirlos en santos de la causa. Y el choque es inevitable porque ambas partes lo anhelan y lo desean. Porque buscan una causa superior que pueda tapar todas sus carencias, miserias y vergüenzas. Así empiezan todos los conflictos. La pólvora no se inventó por necesidad. Se inventó por orgullo.