El presidente del Ejecutivo, Mariano Rajoy, y el líder del PSOE, Pedro Sánchez junto al presidente de la Academia de Televisión, Manuel Campo Vidal. | Juanjo Martín

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El espectáculo televisivo del lunes por la noche ha acabado por definir la campaña electoral: una lucha desesperada, sobre todo por parte de Pedro Sánchez, para cortarle el paso a la irrupción de Podemos y, de paso, «desenmascarar» al Rajoy de Bárcenas y de Gürtel. Pero para lograrlo tuvo que ponerse en un plan chulesco que le puede hacer perder votos centristas.

En debate se distinguió por su bajo nivel intelectual, por el abuso de cifras macroeconómicas que poco aportan y por la alarmante ausencia de nivel cultural y creativo de ambos contendientes. Es evidente que los líderes actuales le deben muy poco al legado de Manuel Azaña. No se han leído ni la primera página de sus obras. Azaña sabía despreciar al adversario en su oratoria, pero desde un nivel de conocimiento, alejado del barriobajerismo, que le elevaba por encima de divergencias o contradicciones insolubles. Fue capaz de levantar la política parlamentaria al nivel de la cultura con mayúsculas. Con toda seguridad, de haber vivido los tiempos de los debates y las tertulias televisivas se habría convertido en imbatible, en un mito.

Lo peor del combate pugilístico Rajoy-Sánchez fue el paletismo que rezumó. Toda la retahíla de invectivas lanzadas por Pedro contra Mariano por el caso Bárcenas, en Azaña se habría sintetizado en una sola y única frase: «No se puede ser presidente teniendo al tesorero en la cárcel». Habría soltado esta catilinaria fina, sutil y letal y enseguida se habría centrado en otro tema, alguna promesa constructiva y con mirada de futuro. Rajoy habría quedado fuera de juego. En cambio, Sánchez se puso a recitar rápida y nerviosamente sobre millones en Suiza y de martillazos en un ordenador de la sede del PP, tragándose palabras y conceptos simples, pero se mostró incapaz de pronunciar una única frase lapidaria y cualitativa capaz de laminar a Rajoy sin tener que llegar al insulto. Una frase que quedase grabada en la memoria de todos los que escuchaban. Ese es el sello de un orador de talla.

Con el debate, millones de españoles pudieron comprobar hasta qué punto está agotado y desnivelado el bipartidismo, que mira mucho más para atrás que para adelante. Es un cansancio profundo, incapaz de conectar con las nuevas generaciones y vetusto. Vienen nuevos tiempos. Viene un acelerón de la dinámica política. Viene algo muy parecido a un nuevo ciclo histórico. Tanto el PSOE, con sus más de 130 años de existencia, como el PP, seguirán obviamente adelante en esta nueva época, pero perdiendo buena parte de su hegemonía en la izquierda y en la derecha. Eso dará paso a las nuevas hornadas, tanto de fuera de los partidos clásicos como de dentro. Hace falta en el Gobierno central una generación que sepa negociar, pactar y gobernar sabiendo ceder para dar pasos adelante, con sentido de lo que significa la dialéctica en la praxis política, con la conciencia de que en esta vida sólo lo contradictorio se mueve.

Sánchez y Rajoy no estuvieron a la altura porque son líderes anquilosados que aún juegan al todo o nada conforme a las campañas prefabricadas y de cartón piedra que les preparan sus asesores profesionales, un estilo de ganar elecciones al que pronto se llevará el viento. Pedro y Mariano jugaron a la victoria o el hundimiento. Cuanto más cultas son las sociedades, menos funciona este modo toreril y efectista de intentar ganar unos comicios.

El debate del lunes le demostró a los españoles que sus élites dirigentes padecen una hiriente precariedad cultural. Falta profundidad de análisis, visión histórica y conocimiento serio de las potencialidades de una democracia bien dirigida. Y sobraron insultos, es decir, paletismo, que es el peor de los patetismos a la hora de agarrar con valor las riendas de los asuntos públicos.