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Si un reciente estudio desvelaba la creciente estima e identificación de los ciudadanos de Mallorca por el Real Mallorca y lo proyectaba como un icono deportivo y social ineludible, su actual andamiaje ha adquirido algo más de consistencia. Azotado por la crisis económica que desde hace varios años afecta al fútbol profesional, el club balear cerró el jueves una operación con un marcado sentido histórico. La ampliación de capital que se rubricó en los despachos de Son Moix no sólo reportará una inyección económica fundamental para seguir compitiendo en la mejor Liga del mundo, sino que vuelve a dejar el Real Mallorca en manos de mallorquines. Desde que en junio del 98 el difunto Antonio Asensio Pizarro anunció que la SAD bermellona era de su propiedad, casi todas las decisiones importantes que han afectado a la entidad se tomaban en un despacho de Madrid.

Casi cinco años después y gracias al apoyo de un nutrido grupo de empresarios -especialmente de Bartomeu Cursach, el nuevo accionista mayoritario- y de los hoteleros, todo volverá a cocerse en la Isla. Desde que se articuló la ampliación de capital, el proceso ha sido largo e intenso. El president Matas también ha asumido un papel determinante, especialmente para que los hoteleros decidieran dar un paso al frente e involucrarse en este proyecto de forma totalmente desinteresada. En este nuevo escenario, llamado a reportar un nuevo salto de calidad, los inversores mallorquines controlarán un 80% del accionariado y catorce de los dieciséis integrantes del nuevo consejo de administración han nacido en la Isla. La familia Asensio, testigo y partícipe de la etapa más prolífica del club, mantendrá una representación simbólica.

Despejado el horizonte económico, sólo cabe esperar que el nuevo Mallorca, de nuevo en manos mallorquinas, alcance los éxitos que la afición espera y dé nuevas jornadas de gloria deportiva a toda la Isla.