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El túnel de Sóller tiene una conflictiva historia que amenaza con ser interminable, salpicada de incidentes y problemas, a los que se añade otro: a la concesionaria que acabó finalizando la obra y explotando el túnel, no le salen las cuentas. Esta imprevisión o, lo que es peor, esta mala previsión de los ingresos, la compañía pretende remediarla a cargo de los usuarios y, en caso contrario, de la Comunidad Autónoma.

Los presupuestos bien realizados tienen una curiosa previsión: la de los imprevistos, basada en un cálculo estimado y porcentual de los gastos imprevistos y de las mermas en los ingresos. Incluso hay partidas por si esta previsión también falla. Por lo visto, a la compañía le ha fallado todo y ahora busca remedios atípicos para aumentar los ingresos que cree menguados.

Dos de ellos son, por el momento y que se sepa, que se reduzca el número de tarjetas de clientes con reducción de tarifas, concedidas a usuarios residentes en el valle. Esta condición la acreditan los ayuntamientos, pero la compañía ya ha fiscalizado la gestión municipal descubriendo que hay residentes que realizan sus viajes en una doble dirección que no les parece la adecuada.

Que hay gentes que se han empadronado en Sóller o Fornalutx para aprovechar los descuentos, debe ser verdad, pero eso era algo previsible para todos, menos para la compañía. Por fortuna, ni el Govern ni los ayuntamientos están dispuestos a aceptar ningún cambio en el trato porque si el túnel es un mal negocio, es algo que sólo debe afectar a la compañía. Que, de ganar más dinero del previsto, no propondría una rebaja en la tarifa u otra medida. Esta actitud es tan ridícula que ni siquiera debe ser considerada. Lo que puede hacer la compañía es abandonar la explotación, si no le es rentable.