Las alarmas aéreas suenan a las 9,17 minutos, apenas un cuarto de hora después de que se haya abierto Nikolsky, el templo del consumo, o en tiempos de crisis y sin dinero, del paseo o disfrute dominguero, en la ciudad Járkiv. En apenas unos minutos los miembros de la seguridad consiguen desalojar de forma ordenada este espectacular centro comercial inaugurado en mayo de 2021 con un coste de 110 millones de euros que atesora 150 tiendas, siete restaurantes y 700 plazas de estacionamiento.

Muchos de los visitantes y la totalidad de los trabajadores descienden al parking en el segundo subterráneo y se sientan en sofás y butacas de plástico que han sido distribuidas en la parte más cercana a los ascensores y a las escaleras mecánicas. Saben que la alarma aérea «puede durar diez minutos o cinco horas», tal como explica Rustav, un joven de 21 años que trabaja en una tienda de Hugo Boss.

Mijail, de 37 años, trabajador de la tienda de juguetes infantiles Isla de las maravillas, y teniente del ejército en la reserva, admite que «ya nos hemos adoptado a esta situación anormal aunque fue peor en febrero, marzo, abril o septiembre cuando sufríamos bombardeos diarios de los rusos».

Con una sinceridad poco común el hombre confiesa que ha sufrido ataques de ansiedad y que ha tenido que buscar ayuda profesional. Enseña unos videos realizados por un vecino en el que se ve a soldados rusos que se desplazan en blindados desplegarse en su barrio de Industrialni, en las afueras de Járkiv, pocas horas después de la invasión y disparando contra los ventanales de algunas casas.

«Mi hijo de 9 años estaba aterrorizado, igual que nosotros. Tras la explosión unos días después de un proyectil a unos treinta metros de donde vivíamos decidimos abandonar la ciudad e irnos a casa de mis padres a cuarenta kilómetros de aquí», dice. Amnistía Internacional denunció que la artillería rusa disparó a mediados de abril bombas de racimo contra el barrio de Mijail, matando a nueve civiles e hiriendo a otros 35, entre ellos varios menores.

Una joven dependienta se ha bajado trabajo pendiente al parking que simula un refugio. Está organizando los balances mensuales a mano. «Casi todos los días ocurre algo parecido. Ayer mismo sonaron las alarmas dos veces en horario laboral y pasamos aquí casi cuatro horas», recuerda. Después de las diez de la noche, ya bajo toque de queda, hubo una tercera alarma aérea. Varios proyectiles lanzados por la artillería rusa estallaron a unos kilómetros del casco urbano de la segunda ciudad más grande de Ucrania.

Al inicio de la invasión rusa del 24 de febrero, la ciudad fue objeto de intensos combates durante varios días. Unos 500 civiles murieron en las primeras semanas y los continuos bombardeos obligaron a 400.000 personas a refugiarse en el sistema subterráneo del metro. Varios centenares de edificios, incluidos algunos del centro histórico, fueron destrozados por los proyectiles.

El centro comercial Nikolsky de cinco plantas también fue afectado por la deflagración de algún proyectil pero no hubo víctimas. Por suerte no sufrió daños su enorme techo abovedado de cristal de 3.200 metros cuadrados. El lateral más expuesto a los disparos de la artillería rusa ha sido reforzado por sacos terreros hasta la mitad del primer piso.

La alarma aérea ha durado dos horas. Dos parejas con niños de seis y cinco años llevan más media hora esperando a que vuelvan a abrir las puertas de Nikolsky. «No tenemos miedo», afirma una de las madres con rotundidad. «Somos voluntarios desde que empezó la invasión y estamos dispuestos a defender nuestro país a cualquier precio», contesta uno de los padres.

Las tiendas de Zara, Benetton, Mango están cerradas desde hace meses. Pero otras como Nike o Pull Bear sigue abiertas. Ninguno de los restaurantes funciona. Lo que sí funciona es Silpo, líder del mercado ucraniano en el sector de los supermercados.

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Pasear por sus pasillos es toparse con vinos y licores originarios de una docena de países, decenas de diferentes quesos y embutidos, jamones de Extremadura, caviar, ahumados, algas muy raras e incluso una botella de Moet Chadom de seis litros valorada en más de 1.000 euros.

Una hora después de reabrirse el centro comercial, a las 12,08 del mediodía, vuelve a sonar la alarma y, de nuevo, es evacuado un millar de personas, incluidos centenares de niños. En el parking se empieza a escuchar el sonido de una canción de moda por unos potentes altavoces. Unas adolescentes empiezan a bailar y media docena de niñas menores de cinco años las imitan.

Lo mejor está por llegar. La organización Palermo.Kids.Planet, dedicada a recoger juguetes para niños necesitados y especializados en hacer las delicias de grupos de niños en fiestas, ha decidido improvisar un pequeño escenario de variedades donde los niños más pequeños pueden pintar o ser pintados por varias voluntarias, entre ellas Valina, de 10 años.

Al mismo tiempo, de dos palomares portátiles salen una docena de palomas pintadas de rosa, verde, amarillo, azul con colorantes alimentarios y revolotean y se posan en las cabezas de niños y adultos. Padres y madres intentan fotografiar a sus hijos antes de que las palomas vuelvan a volar. La fiesta dura hasta que se desactiva la alarma aérea una hora y media después de sonar.

Las alarmas áreas son recibidas de multitud de formas por parte de los ciudadanos. Muchos bajan a los refugios y esperan sin moverse a que acabe. La mayoría se entretienen mirando el teléfono cuando hay cobertura. Algunos prefieren esperar en lo profundo de los portales de las casas o en los patios internos de los edificios. Los menos siguen haciendo vida normal.

Una pareja bebe vino caliente de cereza en un velador externo en plena alarma. Ambos aseguran que no tienen miedo. «Hemos resistido toda la guerra y no nos hemos ido cuando caían bombas sobre la ciudad. Ya no nos atemorizan», explica el joven. La mujer es muy optimista: «Creemos que la situación va a mejorar en los próximos meses tras la retirada de los ocupantes rusos de Jersón», afirma rotunda.

Una casa de cambio está situada en una exquisita tienda distribuidora de la famosa Bodega Massandra, situada en la región de Yalta en Crimea. Alex, el dueño, que admite que dedica más tiempo a cambiar euros y dólares por grivnas, la moneda ucraniana, que a vender vinos de lujo, no tiene inconveniente en contarme la historia de esta bodega construida por el zar Nicolás II a finales del siglo XIX.

La bodega sobrevivió al estalinismo y a la URSS y hoy acapara algunos de los vinos más caros que existen entre su millón de botellas coleccionadas, la más grande del mundo con certificación en el libro Guinness de los récords, que me muestra Alex con orgullo. Un vino vendido en 2001 por Sotheby's superó los 43.000 dólares. El vino más antiguo es del año 1775 y pertenece a una bodega española de Jerez de la Frontera.

En una copia del libro original de visitas se muestra a presidentes de una docena de países visitando la bodega, entre ellos Vladimir Putin o Silvio Berlusconi. «A la hora de beber todos se vuelven amigos», dice Alex con fina ironía. La visita de ambos mandatarios en 2016 (11 de setiembre), bajo mandato ruso tras la ocupación ilegal de 2014 de Crimea, acabó en una gran polémica cuando el presidente italiano se encaprichó de una de las cinco botellas de Jerez de 250 años que aún quedaban almacenadas y la directora no tuvo inconveniente en abrirla y dársela a probar.

Situada en una de las plazas más importantes de Járkiv, Alex asegura que ha abierto todos los días de la guerra. En marzo la onda expansiva de un proyectil que explosionó a pocos metros arrancó la puerta de cuajo y varias esquirlas metálicas golpearon las paredes de la entrada. Pero ninguna botella se rompió.