Berlusconi, o 'Il Cavaliere' como se le conoce en Italia, se ve caballo ganador.

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Hasta poco antes de la pasada noche del viernes los líderes políticos aprovecharon para lanzar los últimos mensajes, centrados en especial en los indecisos, que son unos cinco millones de los más de 49 con derecho a voto. Las últimas encuestas que pudieron publicarse legalmente, hace dos semanas, apuntaban unas diferencias entre cuatro y seis puntos favorables a Berlusconi, lo que implica una fuerte reducción de la ventaja, ya que hace un par de meses eran de veinte puntos.

Ese hecho deja entrever aparentemente que la victoria de Berlusconi no está tan cantada como parecía hace unos meses y que esos millones de indecisos tienen en sus manos el resultado de hoy, si finalmente deciden ir a las urnas. Por eso tanto Berlusconi como Rutelli se esforzaron en captar esos votos, el líder conservador para hacer más amplia su eventual mayoría y el de El Olivo para agrupar en torno suyo el voto útil de los progresistas, diseminado en pequeñas formaciones, como los comunistas del PRC o los radicales de Emma Bonino.

Con esos llamamientos terminaba una campaña dura, donde más que nunca han predominado los ataques personales y cuestiones alejadas de los propios programas electorales y en la que las polémicas muchas veces han sido suscitadas por sujetos no implicados directamente en la contienda política, como intelectuales, periodistas o actores. Pero el indudable protagonista ha sido Berlusconi, quien pasó a convertirse en el centro de los reflectores desde que denunciara hace un mes, al comienzo de la campaña oficial, haber sido objeto de amenazas terroristas.

Después vino la fuerte campaña de gran parte de la prensa extranjera, con artículos que recuerdan su condición sus problemas, pasados y presentes, con la Justicia. Por último, el recordatorio del llamado «conflicto de intereses», basado en el hecho de que posee tres cadenas privadas de televisión y de que, si gana las elecciones, controlará los tres canales de la estatal RAI, un hecho insólito en las democracias occidentales.