Una crisis transformadora

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Alexandre Forcades, abogado-economista de Monlex Abogados.

Alexandre Forcades, abogado-economista de Monlex Abogados.

Redacción El Económico

Las injusticias, sufrimientos y deterioros producidos por la pandemia, y la respuesta masiva de las políticas económicas, monetaria y fiscal, pronostican que 2021 será el año en el que todo va a cambiar.

Sin entrar a calificar la importancia relativa de la COVID-19, homogeneizando las noticias que acompañan a las catástrofes de los últimos 100 años, nuestra pandemia se puede configurar como un acontecimiento muy importante además de único, por su singularidad al alterar las rutinas diarias de las personas en casi todos los países. Destacan algunos, un balance positivo de cambios en salud y bienestar, y una generalización de la preocupación por la pobreza y la brecha que en la riqueza de las personas está provocando la pandemia.
Se constata que aparecen determinantes debido al incremento del retraso escolar, el escaso nivel de nutrición que afecta a las capas inferiores de la población y el retroceso de las perspectivas en los estudiantes de fin ciclo sobre su entrada en el mundo laboral. Trabajadores emigrantes han sido arrojados a la deriva o enviados de regreso a sus aldeas. El sufrimiento o las probabilidades de morir han sido sesgados por la raza. A medida que el mundo se ha ido adaptando, ha aumentado el desempleo y la pandemia puede llevar a la pobreza extrema a más de 200 millones de personas y provocar trastornos sociales.

Afortunadamente, la crisis de la COVID-19 no solo ha provocado la necesidad del cambio. Señala algunos caminos a seguir y motores de la innovación a explorar, provocando una disrupción que prueba que la pandemia lo hace posible, incluso en las actividades conservadoras como la atención médica, incluida la inteligencia artificial y posiblemente la computación cuántica.

La velocidad en la que se han creado las vacunas y el auge de la inversión para la adopción de las tecnologías digitales generan la posibilidad de una era de progreso.

En la historia del capitalismo, el rápido avance tecnológico ha sido la norma. Los años de crecimiento que siguieron a nuestras revoluciones industriales fueron consecuencia de importantes innovaciones. En la década de 1970, el progreso se desaceleró. Una explosión de ganancias en eficiencia siguió a la adopción de computadoras personales en la década de 1990. Sin embargo, después de 2000, el crecimiento volvió a decaer.

Hay bastantes razones para pensar que este estancamiento se esté superando a través de descubrimientos con potencial transformador. Técnicas que han apoyado la elaboración de las vacunas, éxitos de los trabajos en biología, para tratar enfermedades, editar genes o cultivar carne en un laboratorio. Programas para predecir las formas de las proteínas, algoritmos de lenguaje natural y la neutralidad del carbono. Progreso con caída del precio de las energías renovables.

Otros argumentos podrían ser la espectacular inversión en tecnología que se extiende a los diagnósticos médicos, la logística, la biotecnología, los semiconductores y el optimismo del mercado sobre los vehículos eléctricos. Las nuevas tecnologías son adoptadas con rapidez y las empresas después de años de dudas se están volcando en la automatización.

Como prueba del movimiento y dirección de la economía global, al mundo entero le faltan microprocesadores, circuitos integrados miniaturizados, que permiten tratar la información y hacen funcionar los objetos de cada vez más, a lo que añado para nuestra salud. ¡Vacunación!