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Muchas veces nos hemos preguntado cuánto vale una empresa o cómo la valoramos, sobre todo en el momento de tener que decidir sobre su compraventa total o parcial, en el supuesto de que decidamos vender o comprar acciones o participaciones.

Una respuesta sencilla a la cuestión suscitada sería decir que el valor actual de lo que me planteo vender o comprar no es otro que el descuento de los futuros retornos que espero me podría proporcionar. Es decir, el valor actual de todo cuanto estimo que me pueda devolver la empresa en el futuro.

De aquí inferimos que la futura rentabilidad juega un papel determinante, ya que empresas, iguales de tamaño y ventas, en el mismo sector de actividad y localizadas en el mismo país, cotizarán a precios diferentes si tienen distinta rentabilidad, todo lo cual sería de aplicación a toda clase de activos homogéneos, incluso financieros, cuya mayor conveniencia quedará definida por sus valores futuros que se pueden hallar o mediante la determinación de su tasa interna de rentabilidad para diferentes períodos temporales, lo que tantas veces hemos calculado, tal y como lo hacíamos los más viejos hace casi cuarenta años mediante aquellas calculadoras financieras Hewlett Packard 12C, que todavía hoy conservamos.

Otra aplicación de esta tasa interna es la de permitir tomar una decisión fundamentada sobre la mejor viabilidad económica de los distintos proyectos de inversión que tenemos en cartera para emprender a través de su comparación.

Es claro que cuando alguien compra una empresa o una parte de ella, efectúa un cambio de su dinero actual por todo el dinero que piensa recibir como compensación procedente de esta inversión en el futuro, el retorno de la inversión, solemos decir.

Adquirirá acciones cuando estime que el descuento el día de la compra de los retornos futuros, su valor actual neto, es superior al precio de compra. Si quiere optimizar la inversión adquirirá en el mercado abierto las acciones que así entienda están infravaloradas en detrimento de las que están sobrevaloradas, a su leal saber y entender.

En consecuencia, el precio poco o nada tiene que ver con el pasado de la sociedad, de donde emanaría su valor (teórico contable), su valor económico o su neto patrimonial. Para expresarlo de una manera muy simple, podríamos escribir que se compra y se paga por el futuro de una empresa, no por su pasado, de dónde procede precisamente lo que tenemos acuñado como su valor.

Por ello encontramos en el mercado empresas que con valores muy bajos pero con buenas expectativas de resultados futuros cotizan a un precio alto, muy alto incluso, por ejemplo, y viceversa.

Dejando al margen cuestiones subjetivas o sentimentales, es obvio que el precio no es una derivada de su valor, fruto del pasado, sino que está determinado en función de su futuro. Nuestro gran escritor y poeta Antonio Machado, del que se ha cumplido hace poco en este año el ochenta aniversario de su muerte, en su obra Juan de Mairena quiso expresar muy claramente la diferencia entre los dos conceptos al afirmar que “todo necio confunde valor y precio”.

¡Cuántos errores se han producido en la toma de decisiones empresariales cuando se ha puesto todo el énfasis en el análisis del pasado, en lugar de considerar diferentes escenarios futuros!