El artista sevillano Israel Galván, durante la representación de ‘Solo’. | FILIPPO MANZINI

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El reputado bailaor sevillano Israel Galván, Premio Nacional de Danza 2005, clausurará este domingo por la tarde en el Castell de Bellver el PalmaDansa con su obra site specific Solo, que puso en escena por primera vez en 2007 en París. La cita es a las 19.30 horas.

Estrenó la pieza hace 16 años y en París, ahora el contexto es muy diferente. ¿Cómo lo va a plantear?
Solo es una conversación con el lugar, que cambia cada vez. Y no solamente bailo yo, sino el lugar: la arquitectura te cambia a ti y tú, en cierto modo, la cambias a ella. Es un solo sin música, hago ruido con mi cuerpo. No lo hice pensando en que llegaría hasta aquí, simplemente porque me gusta bailar sin música y, además, me daba la oportunidad de hacerlo en varios sitios que no fueran los teatros.

¿Ha visitado el castillo para prepararla?
—No, lo he visto en fotografías. Muchas veces no me da tiempo a visitar los lugares, pero no me preocupa. Con las imágenes y con lo que me cuentan los técnicos me hago una idea. Además, el día del estreno me gusta ir pronto para estar allí. Aunque pudiera ir unos días antes, no es lo mismo, porque cambia la luz y también la energía. Me pregunto cómo va estar el sitio hoy, como si se tratara de un animal, de un ser vivo. Me gusta charlar con el lugar durante el día y, por la noche, bailo. Hasta cinco minutos antes no me viene la idea, es como si el cuerpo tuviera una alarma y se activara cuando llega el momento justo. Prefiero apurar lo máximo.

¿Diría que es su obra más íntima y solitaria?
—Sí. Descubrí el silencio una vez que me quedé bailando en el primer espectáculo que hice, en 1998. Sin querer me quedé quieto, como por instinto. Inmóvil, sin música. Y me impresioné a mí mismo porque pude escucharme. Ese minuto es el que he alargado hasta los cuarenta y cinco o cincuenta que dura el espectáculo. Pero nació como una necesidad de escucharme a mí, de estar quieto y sin nada. A partir de ahí es un diálogo conmigo mismo, a un ritmo pausada, controlando el pulso, porque sin música se te acelera. Me gusta el temple, la búsqueda del propio ritmo y sonido. Ahora me sale más fluido, porque es verdad que al principio se me hacía muy largo y duro.

Hay que tener mucho autocontrol.
—Sí, y también es importante buscar sonidos. Entonces te encuentras en libertad, no estás amarrado a nada, sólo tú. Escuchas los pájaros volando, pero también el latir de tu corazón. Recuerdo que lo hice una vez en el Líbano y había mucho tráfico. Todo conforma la atmósfera y forma parte del espectáculo. Me encuentro muy bien conmigo mismo. Dicen que en la vida hay que saber estar solo, pues también hay que saber bailar solo.

Habla de la soledad como algo positivo.
—No es que la obra tenga un guion sobre la soledad o la tristeza, no hay una historia detrás. Yo sólo bailo, imagino que soy un pájaro volando que viene abajo. Esa es la sensación que tengo. El bailar es como el andar. En este caso es andar por el sitio, sin la necesidad de hacer nada virtuoso. Es cari un rito. Para mí el flamenco o el arte en general implica un rito en el que el público conforma una especie de ceremonia, en algo libre y limpio.

Decía que normalmente un bailaor dialoga con cantaoras y músicos, pero su cuerpo es su propia orquesta, ¿no se necesitan tantos artificios como parece?
—Siempre me dicen que soy un cómico bailando, se ríen mucho con Solo. A parte de bailaor, aquí también soy músico, hago ruido y bailo con mi propio cuerpo, con mi murmullo. Me gusta esa dualidad de ser bailaor y músico. No es una reivindicación, es una supervivencia mía.

¿Es una reivindicación de la sencillez, de la esencia del flamenco?
—De vez en cuando hago cosas muy grandes, bailo con bicicleta o, en La edad de oro, bailaba mientras otro tocaba la guitarra y un tercero cantaba. Pero luego está Solo. Propuestas así también hacen falta porque purifica, depura. Como cuando sales a dar un paseo, vas a un centro de yoga o al psicólogo. Estas dos obras son las que llevo más tiempo haciendo porque la gente las pide, no pasan de moda.

En Solo se muestra tal y como es.
—Sí, aquí no soy un personaje, sino Israel Galván. Muestro mi forma de bailar, mi espíritu, mi sonido.

Es su perfecta carta de presentación.
—Totalmente, porque no me puedo tapar. Para bien o para mal. Este soy yo.

¿Es purista o defiende la fusión de lenguajes y estilos en el flamenco?
—Creo que lo puro es ser como uno es; si uno es híbrido, pues será puro híbrido. Pienso que hay algo falso en esto de ser puro. Se confunde serlo con imitar a algo del pasado, con la copia. Yo soy bailaor de mi época, el pasado es el pasado. Dicho esto, que la gente me coloque donde quiera. Estoy a favor de que lo que uno haga sea de verdad. Se puede decir que Carmen Amaya es una bailaora pura, pero en su época fue toda una revolución. El tiempo es el que convierte a alguien en clásico, pero el flamenco necesita mutar para seguir vivo.