La Plaça Major, ocupada por artistas de diferentes disciplinas. | Teresa Ayuga

Más allá del arte, los grandes temas de conversación de ayer en la Nit de l’Art fueron dos: el tiempo y la alegría. Por una parte, por fin el calor infernal de estos días –y meses– dio una tregua y, por otra, la dichosa COVID ya es prácticamente historia, sin rastro de mascarillas ni agobios por las distancias de seguridad. Por ello, no es de extrañar que la de anoche fuera una de las ediciones más exitosas de los últimos años. Había más galerías que nunca –a la decena de espacios expositivos se añadían La Bibi Gallery y la Fermay, en el circuito oficial, así como la Marimón– y una participación masiva por parte de un público ávido de ocio y diversión.

En este sentido, llamó la atención la gran presencia de jóvenes. En la citada Marimón, por ejemplo, una pareja adolescente preguntaba con curiosidad: «¿Cómo se hacen estos cuadros?», refiriéndose a la exposición de Ricard Chiang, Terrores ancestrales. El propio autor respondió amablemente que, a menudo, es más importante la técnica que los ingredientes. «Ese es el truco», aseguró.

Xavier Fiol, que presentaba en su galería Set, de Santiago Villanueva, lo confirmaba: «Hay un cambio generacional en el arte. En los últimos cinco años han cambiado muchas cosas y la COVID ha acelerado estos cambios». Asimismo, lo que más sorprendió a Fiol es que, cuando la gente entraba en la muestra, de repente guardaban silencio. «Es algo que no había visto nunca», afirmaba con asombro. «Debe de ser porque la muestra parece un templo, como una escenografía de teatro», razonaba.

En la misma calle Sant Jaume estaban abarrotadas la Pep Llabrés, –que exhibía Square, de David Magán– y la recién estrenada La Bibi Gallery –con el proyecto Grönlund-Nisunen, de Tommi Grönlund y Petteri Nisunen–. En el concurrido Born, además de las colas para ver –y, sobre todo, fotografiar la escultura de Biel Mulet y Lolo Garner–, decenas de personas aguardaban para acceder al Casal Solleric para ver la sugerente performance de Lluís Garau.

No muy lejos de ahí, Toni Jordi atendía en la galería Gabriel Vanrell a los interesados en su nueva colección, La geometría en movimiento. En la calle Verí, tan animada como de costumbre, acudían en masa para ver las propuestas de la Pelaires –con la colectiva Pounding the pavement–, así como las de la Gallery Red y Soho, que conforman en la Plaça Chopin el ya bautizado como Soho palmesano.

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Otra de las atracciones de la Nit de l’Art es, sin duda, Sant Feliu. Esta calle, comandada por la Gerhardt Braun Gallery, es una de las más concurridas en esta jornada. No dejaba de entrar gente en la Kewenig, el conocido como Oratori de Sant Feliu, que acogía El ojo interior, de Sandra Vásquez; ni tampoco en las cocheras, auténtico corazón de la Nit de l’Art más alternativa y desenfadada.
En Es Baluard, templo del arte contemporáneo, también se formaron largas colas. El museo era uno de los siete espacios asociados a esta jornada junto al CaixaForum, La Misericòrdia –cuyo patio es la sede hasta hoy de la Setmana del Llibre en Català–, el Museu Fundación Juan March –nueva incorporación de esta edición– y el Centre de Cultura Sa Nostra.

La zona del Passeig Mallorca es otro epicentro importante con las galerías Aba Art Lab y Fran Reus, también muy frecuentadas. La galería Horrach Moyà –con sus espacios en la calle Catalunya y en la Plaça Drassana–, la Baró, L21 y la Maneu –esta última fuera del circuito oficial– completan esta extensa lista de galerías que nutren la Nit de Ciutat. Cabe destacar que la Maior, en Pollença, y el CCA Andratx, aunque fuera de Palma, también se inscriben en este itinerario.

Si bien esta no era la edición de las bodas de plata, la del 25 aniversario que se celebró el año pasado, la de ayer fue la Nit de l’Art más animada en mucho tiempo, con la alegría de quien ya ha olvidado los malos momentos, los de encierro y de distancias impuestas. Ayer, después de muchos meses, la cantidad de gente no molestaba, sino que era algo por lo que brindar.