La escritora Miren Agur Meabe recala en Palma con dos eventos.

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El año pasado, Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) se convirtió en la primera autora en ganar el Premio Nacional de Poesía con una obra en euskera con Nola gorde errautsa kolkoan (Cómo guardar ceniza en el pecho). Es un reconocimiento que celebra por la visibilidad que le supuso para ella y para la cultura vasca pero que, paradójicamente, le quita tiempo para «leer, escribir y estudiar». Sobre este libro charlará mañana, a las 19.00 horas, en Can Alcover. Antes, esta tarde, a la misma hora, protagonizará una tertulia en Llibreria Lluna en torno a El codi de la pell (2006).

¿Cómo vive el haber ganado en Premio Nacional de Poesía?
—Creo que en nuestra coyuntura actual viene bien un reconocimiento exterior, pero no porque nuestra cultura e idioma no sean homologables a la cultura del mundo circundante. Aunque es un premio a una obra concreta, viene a valorar el trabajo de una poeta, de una mujer y de una lengua denominada pequeña.

El euskera, como el catalán o el gallego, ¿es una lengua minoritaria y minorizada?
—En el caso del euskera se dan ambas. Nos hemos acostumbrado a percibir el español como lengua oronda y satisfecha de sí misma y, las demás, como débiles y limitadas. Pero eso es producto de los tiempos de penuria y represión que le ha tocado vivir. Además, el euskera tiene el problema añadido de que no es una lengua romance y ocurre que es más difícil establecer puentes para su uso.

Antònia Vicens ganó ese mismo premio en 2018...
—Recuerdo que la escuché por primera vez en 2002, en un encuentro que se celebró en mi pueblo natal. Me hizo cambiar la visión que tenía sobre el mar. Para mí el mar era un decorado de fondo, un espejo de pulsiones o de aventuras, pero ella explicó que, para un insular, el mar no es libertad, porque puede ser una barrera o un muro. Es un punto de vista le debo a ella.

¿Le cambió la vida ganarlo?
—He notado un afecto precioso de mi gente. Llevaba unos 20 años escribiendo de forma intensiva y en Euskal Herria mi nombre no era tan desconocido. A nivel estatal, he sido todo un descubrimiento. Curiosa, pero significativamente, me conocían en círculos gallegos y catalanes.

Charlará sobre El codi de la pell, poemario que escribió hace veinte años pero en el que ya hay temas que se encuentran en Cómo guardar ceniza en el pecho
—La verdad es que me sorprendió la idea, pero me alegró, porque esa traducción la llevó a cabo Maria Josep Escrivà, una grande de las letras catalanas y buena amiga mía. Creo que la tertulia dará pie a hablar de mi evolución y sobre mis constantes: la búsqueda de la identidad, la explicitación del deseo, la conciencia del cuerpo de la mujer sujeto, la reivindicación de la experiencia doméstica, la búsqueda de un código alternativo, la atención al sufrimiento de los débiles o lo que yo llamo ‘épica del murmullo’, los dramas particulares.

'El código de la piel' es una reivindicación de otro código, «distinto al de la palabra»...
—Sí, porque aunque la poesía está hecha de palabras, no es solo eso; en ella tejemos emociones, pensamientos, motivaciones ideológicas. Pero la lengua no siempre es capaz de expresarlo con precisión, sobre todo cuando se trata de terrenos en los que una se mueve, como es la memoria y el yo, que son inabarcables. La búsqueda de un código alternativo es dar a la persona con la que te estás comunicando a través del texto escrito la posibilidad de completarlo con su experiencia vital.

Cómo guardar ceniza en el pecho podría ser una suerte de manual de instrucciones para sobrevivir.
—Y a su vez este libro viene de muchos anteriores, no solo de poesía. Después de El código de la piel, en 2010 publiqué Espuma en la manos donde ya aparece la quema, un tema recurrente, pues en 2019 lanzo Quema de huesos. Mi recorrido vital y literario se apoya uno en el otro. De la piel y las manos llego al ojo de cristal, con la traducción, dicho sea de paso, de Un ull de vidre, publicada por Pol·len. Eso indica que mi corpus escrito es mi cuerpo sobre el que he escrito. Y escribir sobre nuestro cuerpo ha sido para mí una manera de criticar los estereotipos que marcaba la sociedad de consumo. Otro tema interesante es lo que llamo metamorfosis, a la que precede la desinstrumentalización. La mujer en el parto no solo para alumbrar una criatura, sino para alumbrar la propia libertad. Después de la desinstrumentalización y la metamorfosis llega el extrañamiento.

En este poemario hay versos lapidarios, como «He escrito mi epitafio»...
—El extrañamiento deriva de esa situación de aletargamiento en la que te sientes impedida para tener emociones, atrapada en un laberinto de oscuridad.

Un epitafio que escribe «al estilo de Dorothy Parker»...
—Es el resumen de mi vida: habría vivido mejor sin ciertos amores, aquel empleo, los kilos de más y la pasión por la escritura. Aunque soy la que soy gracias a eso. El primer poema, El método, resulta ser un antimétodo, aunque asienta las bases de la aceptación y a esa conclusión de que no existe método le preceden seis grandes estrofas en tono de salmodia. A su vez, son preludios de los seis apartados del libro.

Hay mucho dolor y tristeza en estas páginas...
—Sí, en este libro, pero también en todos, hay mucha herida. Estoy convencida que, para escribir, una poeta necesita tener siempre abiertos los bordes de las heridas.No se escribe desde la felicidad, sino desde el dolor, que nos permite ser introspectivas.