David Trueba, ayer en la librería Rata Corner. | M. À. Cañellas

David Trueba puede hablar de lo que quiera y será interesante. Tiene esa virtud y, desde ella, goza de la libertad de poder tratar cualquier tema en artículos, novelas o películas. En Queridos niños, su más reciente obra, mete al lector de lleno en el mundo de la política, pero desde una perspectiva algo pesimista y desencantada, como reflejo del nosotros que formamos. Rata Corner acogió ayer la presentación de dicha novela ante un público atento a lo que Trueba tuviera que decir, que no es poco. He aquí un aperitivo de su siempre bienvenida reflexión.

¿Ya era hora de hablar de política?
— (risas). Bueno, la política es algo que está muy presente en todo y, a veces, precisamente por esa omnipresencia, hay un desánimo que me hizo pensar que faltaba analizar este tema de manera interna. Es como una forma de dar un manual de supervivencia para conocer los códigos internos de la política porque la que nos llega, muchas veces, es incomprensible. Al entender su manejo es posible hasta divertirse. Esta es la parte más interesante.

En el libro no hay nombres reales, pero se intuyen. ¿Hay un ejercicio de contención por las exageraciones que hacen los políticos?
— Un poco porque por más que exageres, ellos lo hacen más. Nadie podría creerse que una diputada, como Cayetana Álvarez de Toledo, dijera públicamente que el partido prepara información contra Ayuso mientras sigue como diputada y miembro del partido o sin que la echen. Pero todo a la vez no se entiende. Pasó lo mismo cuando apartaron a Pedro Sánchez de la jefatura del PSOE. Son luchas de egos en las que no hay reglas, como artes marciales mixtas.

Basilio, el protagonista, es un cínico, pero también alguien que todos podemos conocer.
— Es alguien que ha acumulado rencor durante años y esto le ha llevado al descreimiento y un cinismo absoluto. Esto lo podemos encontrar y el problema es que esta situación de desencanto general puede hacer que se multipliquen personajes como él, que votan por rencor o resentimiento contra otros.

¿Cómo ve la situación actual en la que cada votante parece pertenecer a un club mal llamado partido?
— La dinámica actual consiste en tratar a los votantes como si fuera un juego de habitaciones en las que te atrapan y te tienen cautivo. Dejar la habitación es traicionar tus principios, y esto nos lleva a plantear toda polémica como una polémica esencial. Te encuentras así que las opciones políticas son incompatibles y hay que destrozar el discurso del otro. Todo esto diseña la política moderna. Entre blanco y negro es muy fácil decidir, lo difícil es la gama de colores.

De ahí el título, Queridos niños.
— Sí, pero también porque temía que se hiciera una lectura superficial de la novela como una crítica salvaje a la política. La realidad es que es la sociedad la que elige el modo de estar presente en la vida social. Si ese comportamiento es pueril, pues te tratan como a un niño. Por eso el protagonista se pregunta qué fue antes, si el político o el votante. En la mayoría de los casos la sociedad está ahí ya y los políticos les seducen, y el modo en que lo hacen revela cómo son.

Es decir, el electorado tiene mucha carga de culpabilidad.
— Puede que no seamos culpables de todo, pero sí de una parte y eso es lo que debemos empezar a trabajar, como esta soberbia de mirar por encima a los políticos cuando ellos se colocan donde mejor pueden seducirnos y, si lo hacen, es porque encuentran un gran núcleo de población que responde a ello.

Entonces, ¿se puede votar mal?
— La pregunta sería por qué hay tantas sociedades empeñadas en autoherirse. Una cosa es la disensión y otra el Brexit o Trump, que fueron formas de autoherirse de sociedades que votan desde el rencor y desear lo peor a otros, y al hacer esto te acabas deseando lo peor a ti mismo en cierta manera.

El problema, pues, es lograr la mayoría de edad como votantes, pero ¿cómo se podría conseguir?
— La democracia es un sistema pensado para sociedades educadas, que no bajan la guardia. No están implicadas en un primer nivel, pero tienen información y poder de decisión. Tenemos una sociedad distraída y anestesiada que degrada la idea de democracia como la elección de los mejores para gobernar por parte del pueblo. Este sistema nuestro requiere de la gente, pero no solo un día para votar, sino a diario en el respeto a los que ganan y a los que no, y mucho más.

¿Un electorado que, más allá de elegir entre comunismo o libertad, vea que esa dicotomía es absurda?
— Es un ejemplo de esa confrontación. Estos eslóganes retrotraen a la gente a un estado primario y por eso funcionan, pero ni la libertad ni el comunismo son lo que parecen en una democracia porque tienen limitaciones y hablamos de una zona media. El mensaje subliminal era poder irse de cañas a una terraza sin restricciones. Se apostó por ese número y salió, pero es jugar a una ruleta porque meses antes habían muerto cientos de ancianos en las residencias sin que a nadie se le cayera la cara de vergüenza y esa era la libertad también.