Hèctor Hernández Vicens en una imagen reciente. | Jaume Morey

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Magaluf, fiesta, mafia, drogas y una historia de amistad. Son los ingredientes de la nueva receta cinematográfica de Hèctor Hernández Vicens, el director y guionista de cine mallorquín que acaba de finalizar el rodaje de su segundo largometraje, Beach House, que llega tras El cadáver de Anna Fritz y trabajos como guionista como en la exitosa cinta de Carles Torras El practicante. Ahora, en fase de postproducción, la cinta entra en su recta final y cuenta con Alberto Carbó, Francesc Colomer y Martí Atance en el reparto.

¿Cómo da con la idea de la cinta?
— Tenía el guion escrito desde hace tiempo y un día, tomando algo con el productor Carles Torras, me dijo: hagámoslo. Hablamos con IB3 y el Institut d’Estudis Baleàrics, que participan en la producción.

¿Cómo es reencontrarse con un guion de hace tanto tiempo?
— Ha sido divertido porque es de cuando yo era mucho más joven y es un guion de marcha y tal. Me ha hecho sentir joven con esta película.

¿Cuánto de ‘americanada’ tiene la película?
— Buscábamos un título así, del género fiestero americano, pero no es eso. Siempre he creído que en esas cintas se idealiza la fiesta, el ligar y beber muchísimo. Yo pensé: hagamos una peli de ese género, pero que sea un retrato generacional. Al final, Beach House tiene poca fiesta y mucho personaje.

¿A qué generación retrata y cómo lo lleva a cabo?
— Bueno, yo no juzgo a nadie, porque creo que los jóvenes y los adultos son lo mismo ahora. No veo muchas diferencias entre gente de 50 años y los de 15 con las fotos de los pies en la playa y esas cosas. Otra cosa también es la intimidad, que creo que ha cambiado mucho el concepto últimamente y cuando ya no valoras la tuya, no valoras la de los demás.

¿Cómo transcurrió el rodaje con la pandemia y demás problemas?
— Un poco improvisado. Empezamos antes de la pandemia y tuvimos que parar. Luego, queríamos volver, pero todo estaba cerrado. Queríamos grabar en Magaluf, pero no había ni un guiri. Lo bueno es que al rodar exteriores de fiesta nadie llevaba mascarilla, lo que nos vino muy bien (risas).

¿Cómo describiría el filme?
— Como una historia de amor y de mafias. Al final, es una historia de amistad en la que Magaluf es solo el lugar en el que ocurre todo.

Un Magaluf de drogas y mafias.
— Sí, pero no hay crítica, diría que es reflejo. No voy a juzgar a un mafioso, que eso lo haga el público, pero evidentemente me adapto al escenario en el que pasa la peli. No voy a hacer una historia de mafiosos en Santanyí, que bueno, nunca se sabe (risas), pero en Magaluf a nadie le va a extrañar que haya drogas y mafiosos.