La actriz Rossy de Palma en el Teatre Principal de Palma. | M. À. Cañellas

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Este martes arranca el festival Fila U! en el Teatre Principal, la gran y esperada vuelta a la actividad del centro, y este mismo domingo, a las 20.00 horas, llega uno de los días marcados en rojo de la renovada temporada escénica con el estreno en Mallorca de Resilienza d’amore, la poética obra de la artista Rossy de Palma, quien regresa a casa con la intención clara de tachar al Principal de su lista de teatros con los que «todavía no he hecho el amor». La obra podrá seguirse por streaming por un precio de cinco euros, una medida pensada principalmente para «las personas mayores y de riesgo».

¿Qué nos puede adelantar de Resilienza d’amore?
— Lo que quería hacer era un homenaje al arte en sí mismo. La danza, la música, la luz y cómo nos ayudan a hacer una resiliencia constante de nuestras penas y cómo no podríamos vivir sin el arte. El término resiliencia, de hecho, lo conocí por Boris Cyrulnik que habla de cómo todos los artistas hacen ese ejercicio y para mí el arte siempre ha tenido un fondo terapéutico. Hay un juego en ese sentido a través del surrealismo, la poesía visual y el dadaísmo y entre desubicaciones personales y males de amores, etcétera.

¿El concepto ‘resiliencia’ cobra un nuevo sentido ahora?
— Más sentido que nunca. Hacemos una constante resiliencia en un mundo extraño con retos nuevos que se nos plantean. Poder hacer una pausa y respirar, tener un efecto balsámico es lo que nos permite el teatro, la música y la danza.

¿Cómo fue estrenar Resilienza d’amore en Milán?
— El Piccolo Teatro me pidió un espectáculo que tuviera que ver con Dalí y Lorca, pero tiré sobre todo de mujeres como la Calas o la Mendieta. La parte de Lorca aquí la sustituye un texto de Biel Mesquida que es una sorpresa para el público mallorquín.

¿Qué supone para usted poder estrenar en el Principal?
— Estoy felicísima de poder hacer este espectáculo aquí y me congratulo muchísimo con el equipo que hay ahora en el Principal porque son amantes del teatro y quieren que el público goce y esa es una dinámica diferente de otros años. Yo digo que hago el amor con los teatros y todavía no había hecho el amor con el Principal, pero la química va a ser genial porque esto es un templo maravilloso en el que me quedaría a vivir. Además, aquí lo verán mis padres y todos los que quieran.

Tiene usted una faceta poética que puede que sorprenda al público...
— Mi primera base es la poesía, que es la madre de todas las artes. Cuando era pequeña tuve la suerte de que leí un poema dadaísta del pie de una bailarina que me hizo comprender que había algo maravilloso, una nueva sensibilidad que no entendía, pero estaba allí.

¿En qué se traduce esa visión poética en la obra?
— En que la vida es como una cebolla llena de capas. De pequeña me ha interesado ver qué había dentro de las cosas y me cargaba todas las muñecas que me compraban para ver su interior, pero siempre estaba vacío. También me he precipitado muchísimo pensando que me estaba perdiendo algo en otro lugar y me fui de Mallorca muy joven y ahora que he vuelto he visto que todo lo que yo buscaba fuera ha llegado mientras yo no estaba. La vida es como una cebolla, llena de capas, y al final no te queda más que la humedad de las lágrimas que has vertido mientras la pelabas.

¿Cómo valora las actuaciones de compañeros de profesión haciendo llamamientos a no llevar mascarilla?
— No quiero entrar en polémicas con gente que no está presente, pero creo que estamos en un momento de mucha confusión y todo el mundo es libre de pensar como quiera. Yo desde el momento que empezó esto me puse la mascarilla porque algo tiene que importar y no sabes si puedes contagiar, de modo que la llevé todo el rato por si acaso. Lo que no comprendo son estas ‘parajodas’ de que de repente el metro o el autobús va lleno de gente, pero en el teatro o el cine nos ponían muchas restricciones. Parece que la cultura es la abandonada, pero, ¿cómo hubiéramos aguantado la pandemia sin ella? La cultura, como la mascarilla, es obligatoria.