Pandemia de coronavirus

Autores de la Isla rememoran su niñez en el Día del Libro Infantil y Juvenil

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El Festival Contesporles es uno de los eventos del libro infantil y juvenil más importantes de Mallorca.

El Festival Contesporles es uno de los eventos del libro infantil y juvenil más importantes de Mallorca.

Redacción Cultura

Cada 2 de abril, desde 1967, la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY) celebra el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. La fecha coincide con el día del nacimiento del Hans Christian Andersen, autor de cuentos como La sirenita o El patito feo.

En la Isla se celebran algunas citas que abrazan este género, como es el festival Contesporles (que acoge Esporles el primer fin de semana de mayo de forma bienal y que este año no tocaba); Tinta Il·lustre, el Festival de l’Àlbum Il·lustrat i el Llibre Infantil (tenía que celebrarse del 2 al 9 de mayo pero que se pospone a la primera quincena de octubre) y, en teatro, la Fira de Teatre Infantil i Juvenil de Vilafranca de Bonany (finales de octubre).

Para conmemorar esta importante fecha, aunque sea desde el confinamiento, cuatro autores mallorquines que cultivan este género –Miquel Rayó, Caterina Valriu, Rosa Maria Colom e Iván Mata– recuerdan los libros que marcaron su infancia y juventud.

Misteriosa

Miquel Rayó, uno de los más destacados creadores, autor de El raïm del sol i de la lluna (Premi Guillem Cifre de Colonya 1982) o La bella ventura (Generalitat de Catalunya 1986), entre muchos otros, lo tiene muy claro: L’illa misteriosa, de Jules Verne. «Me hizo lector y probablemente también escritor, incluso fundamentó mis gustos literarios, mi pasión por los viajes, la fauna, la flora o la amistad», asegura. «Tendría unos 12 años cuando lo leí.

No fui un lector precoz, pero me fascinó y me enganchó. Lo repaso de vez en cuando, es un libro que no abandono nunca; es una obra de culto», cuenta. Entre las diversas versiones que se han publicado, destaca la traducción de Jesús Moncada en catalán o la de Random House con traducción de Teresa Clavel.

Otra gran escritora y además una gran investigadora de la literatura para los más jóvenes es Caterina Valriu, o Catalina Contacontes, que sigue muy activa estos en YouTube. La autora de Les banyes d’en Cucarell (Cruïlla, 2007 y que Saïm Edicions recuperó con ilustraciones de Toni Galmés hace unos meses) y gran conocedora de la literatura oral, de pequeña ya era una lectora voraz de las Rondaies mallorquines de Alcover, «porque eran mágicas y divertidas». «Me las contaba mi madre, normalmente después de comer. De mayor ya las leía yo misma. Me gustaba mucho En Joanet de sa gerra porque era encadenada y cada vez más exagerada; Es set ceros porque me hacía llorar y Un festejador y En Pere de sa butza porque me hacían reír con sus tonterías disparatadas», detalla la autora y cuentacuentos.

Por su parte, Rosa Maria Colom, que se inició en el mundo de las letras con El Mandarín (Premi Guillem Cifre de Colonya 1991) y que recientemente ganó el Ciutat d’Alzira por Coppelius, el creador d’autòmats, que acaba de publicar Bromera, es una gran fan del clásico Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. «Me fascinó y lo sigue haciendo. De hecho en casa tengo una pared entera con imágenes de la película de Tim Burton», confiesa. Sin embargo, admite que cambiaría el final de la historia. «De pequeña me decepcionó mucho que Alicia se despertara y descubriera que lo había soñado todo. Estaría bien que despertara pero que el conejo blanco pasara por su lado, sugiriendo que no se sabe muy bien qué pasa. Solamente sería un párrafo más», puntualiza.

Sello

Finalmente, Iván Mata, ilustrador de cuentos para Anaya (El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas), Edelvives (La guerra de la escuela, de Ricardo Chavez) o el sello local Disset Edicions, para el que también firmó su propio cuento, Tal como eres (2019), se decanta por un clásico: Astérix y Obélix. «Tenía una montaña de todos sus cómics, de la editorial Dargaud. Mi preferido era Las 12 pruebas de Astérix.

Muchas veces los leía a escondidas, por las noches, porque mis padres me enviaban a la cama porque al día siguiente había colegio. Me hacía la típica cabaña con las sábanas y con una linterna o leía en el baño. Tendría unos 7 años y no tenía un gran nivel de lectura, pero con los dibujos lo entendía todo, después cuando aprendí a leer mejor los releía una y otra vez», recuerda.

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