Del sueño a la realidad

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Escapé de aquel antro. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban para salir corriendo de allí. Conseguí atrancar la puerta lo mejor que pude en esos cinco segundos que les llevaba de ventaja. Cinco segundos que, posiblemente me hubieran salvado de una buena paliza, si no acababa muerto. Cuando ya me había alejado unos cuantos metros, oí a los matones gritar “¡Vuelve aquí, rata de cloaca!” Y demás cosas que podrían dañar la sensibilidad de ciertas personas. Al ver que no podían abrir la puerta bloqueada, se retiraron dándose así por vencidos.

A pesar de que perdí de vista el local, seguí corriendo. Huí. Huí de la ciudad, aunque supongo que también huí de todo lo que soy. Llegué a una pequeña cala donde no había nadie. Me tumbé en la gélida arena, mirando a las estrellas y comencé a recapitular lo que había pasado esa noche, ese día, y todos los que habían pasado desde que me bebí aquella botella de vodka con mis amigos.

Esa noche estaba en un bar, la verdad es que era conocido por los conflictos que se ocasionaban a menudo, pero a mí me daba igual mientras se sirviera alcohol. Quería recuperar todo lo que tenía, sobretodo a mis seres queridos. Por eso, creía que si conseguía mucho dinero, me perdonarían y verían lo mucho que me importan. Desgraciadamente esa noche la cosa no salió bien, aposté dinero que no tenía, convencido de que iba a ganar, y en realidad sólo gané que casi me zurraran los gorilas de un mafioso. Mis padres, mis hermanos, mis amigos, mi novia... todos ellos aguantaron seis años al Blas ebrio en el que me había convertido. Ya hace dos años que no veo a ninguno de ellos.

La primera en irse fue Marta. Conocí a Marta en un pequeño local en el que solía tocar con mis amigos. Yo era el batería de Los Mancos. Actualmente están de gira mundial, desde que yo me fui no han hecho más que subir y subir hasta que un representante les descubrió y les hizo famosos. Pero no han vuelto a tocar en el bar la Parra. A lo que iba es que me enamoré en cuanto la vi, de manera que le dije a Jaime, el camarero, que le pusiera una copa de parte mía. Al acabar la actuación me acerqué, empezamos a hablar y así empezó todo. Ella era la chica perfecta que salía con un pícaro de pueblo, pero a ella no parecía importarle. Muy de vez en cuando me soltaba “Venga Blas, deja esa copa y vamos a bailar”. Ojalá hubiera bailado con ella todas y cada una de las noches que salimos. A partir de ahí la cosa se me fue yendo de las manos, y nunca mejor dicho, pues le pegué un guantazo en una discusión que tuvimos. Después de eso no la volví a ver nunca más. No hay nada de lo que me arrepienta más que eso, daría lo que fuera para volver atrás y cambiar lo que pasó. Aún recuerdo sus últimas palabras: “Espero que te recuperes pronto”. Al principio no lo entendí, mejor dicho nunca lo había entendido hasta aquella noche.

Después les llegó el turno a mis amigos. Se fueron alejando de mí de uno en uno: Miguel, Rodrigo, Marcos, Jorge... todos y cada uno de ellos, pues siempre les metía en toda clase de líos: peleas, apuestas, robos, drogas y cualquier otra cosa que se os pueda ocurrir. Ahora comprendo todo lo que pasaron por mí y me sorprende que me incubrieran durante tanto tiempo.

Finalmente, mi familia. Todos se iban distanciando de mí progresivamente. Ya casi no nos comunicábamos aún viviendo en la misma casa que mis padres. Yo era el pequeño de tres hermanos: Adrián era el mayor, vivía con su mujer desde hacía tiempo, y Ramón vivía solo en un apartamento, cerca de donde trabajaba. El caso es que un día regresé a casa más pronto de lo previsto, ya que me quedé sin dinero y sin bebida. Al llegar me encontré a una niña pequeña correteando por el salón. En ese mismo instante entró Adrián en la habitación. La niña corrió hacia él y al abrazarlo exclamó “¡Papi!”. Me quedé sin palabras, ahora resultaba que tenía una sobrina de dos años que no había visto nunca hasta ese momento. Mi madre se llevó a la niña de paseo mientras yo me quedé discutiendo con mi hermano y con mi padre. No recuerdo muy bien qué pasó, supongo que es porque estaba ebrio cuando ocurrió. Sólo sé que después de ello no he vuelto a ver a mi familia.

Respiré hondo. Cerré los ojos y pensé “hace dos horas que no bebo”. Sentí unas ganas tremendas de ir a tomarme algo. Cuando iba a levantarme me entró un profundo sueño. Sentía que no podía mover mis piernas, mis músculos estaban dormidos y, poco a poco, mis ojos se iban cerrando. Aunque parecía que hubiera estado descansando una eternidad. Unos segundos después me dio la sensación de que perdí el conocimiento.

“Piiiii, piiii, piiii” Estaba sonando una máquina. Entorné los ojos y vi que me encontraba en una habitación de un hospital. Me disponía a desconectarme de ese aparato, pero de pronto apareció una enfermera.

-¿Cuanto hace que estoy aquí?- pregunté un tanto sorprendido.

-Una semana y media. Empezábamos a pensar que no se despertaría.- contestó escueta.

-¿Despertar?- dije mientras me incorporaba.

-Sí, sufrió un coma etílico. Y no solo eso, también ingresó con graves heridas provocadas por una pelea.- contestó sin ni siquiera mirarme.

-Pero...- intenté reaccionar.- ¿No estaba en una playa?

-Eso ya no lo sé. Tengo trabajo.

Se produjo un incómodo instante de silencio.

-¡Ah! Casi se me olvidaba, una chica pidió que se le entregara esto al despertar.

Me entregó un sobre, dio media vuelta y se fue. Intrigado, abrí rápidamente lo que parecía ser una carta y empecé a leer:

Querido Blas,

Sabía que te despertarías, he aquí la prueba: estás leyendo mi carta. Supongo que ya sabrás quién soy por la letra. En fin, intentaré ser breve: no soporto verte así. Tú hubieras podido ser alguien, no me cabe ninguna duda. Por eso he pagado una terapia completa de desintoxicación. Fuiste y sigues siendo demasiado importante para mí y deseo de todo corazón que vuelvas a ser persona. Por eso quiero que te quedes, vayas a todas las terapias, te esfuerces día a día y que, en cuanto te recuperes, vengas a buscarme al sitio de siempre.

Te estaré esperando.

Con amor, Marta.

Al acabar de leerlo, oí a la enfermera hablando con alguien. Intenté concentrarme para averiguar quién era y sí, ¡era Marta!. Intenté ponerme en pie, aún estaba débil y muy mareado, pero intenté caminar hacia la puerta. Di unos pocos pasos y me desmayé.

Volví a despertarme no sé cuánto tiempo después. Intenté abrir los ojos pero una fuerte luz me impidió hacerlo inmediatamente. Poco a poco mis ojos se adaptaron a ella y mis oídos se me destaponaron. Se oía mucho ruido y hacía mucho calor. Giré la cabeza hacia un lado y vi a una niña haciendo castillos de arena. Me recordó a mi sobrina, cuyo nombre nunca llegué a saber. Fue tal la decepción de comprender que todo lo había soñado, que me dirigí hacia el bar más cercano que encontré y pedí una cerveza, al acabarla pedí una más, luego otra y después otra. Y, como se suele decir, el resto es historia.

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Los premiados son:

  1. Una vez me enamoré
    Juliana Karen Correia de Medeiros, 15 años
  2. Billete de ida y vuelta incierta
    Scarfo Camila Belen, 16 años
  3. Del sueño a la realidad
    Maria Moyá Ramón, 15 años

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