Miquel Barceló (d) toma imágenes con su teléfono durante la rueda de prensa que ha ofrecido hoy, junto al director Isaki Lacuesta (c) y al actor Amassagou Dolo, en el Festival de Cine de San Sebastián. | Javier Etxezarreta

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De lo abstracto a lo figurativo, el cine de autor se sirvió hoy en plato frío en San Sebastián con «Los pasos dobles», de Isaki Lacuesta y con Miquel Barceló, y luego en plato caliente, gracias a la pasión ardiente y exquisita de Terence Davies y su «The Deep Blue Sea», firme candidata a la Concha de Oro.

«Los pasos dobles», segunda película española en concurso y segunda incursión de Lacuesta en la competición donostiarra tras «Los condenados», tuvo una acogida gélida por parte de la prensa con su duplicidad de personalidades, de mitos y de artes propuesta por un director, pese a todo, siempre interesante.

Parte de un díptico que completa el documental «El cuaderno de barro», que se proyecta en Zabaltegi, este filme de ficción indaga, guiado de la mano del artista mallorquín Miquel Barceló, en la figura del pintor y escritor francés François Augiéras, quien cubrió de pinturas un búnker militar en el desierto y lo enterró en la arena para que alguien lo destapara en el siglo XXI.

Como lleva haciendo Lacuesta desde «Cravan vs. Cravan», los caminos comienzan a difuminarse y el cine a colindar con la observación, la experiencia y la poética, aunque en esta ocasión no haya calado en la audiencia. «La duplicidad es una forma de cambiar de estilo sobre la marcha, porque eso hace que las cosas cobren una intensidad mayor», ha reconocido en rueda de prensa.

Algo tenso por las reacciones más hostiles, ha justificado su opción por lo críptico. «Las películas imperfectas me gustan, es algo que me satisface. Hemos utilizado la metáfora de las termitas para hacer algo con huecos en medio, en la que no hubiera explicaciones», ha explicado Lacuesta, que recorre con su cámara el cromatismo maliense de la misma manera que Barceló lo integra en su obra.

Por su parte, mucho más desenfadado, el pintor y ahora actor ha ironizado sobre las preguntas de los periodistas y la deserción de algunos de los concurrentes: «Los críticos de cine son peores que los de arte. Los de cine se van».

The Deep Blue Sea

No dobles, sino triples, son los pasos que llevan a la naturaleza más cruda del amor, casi sinónimo de insatisfacción según Terence Davies, que con «The Deep Blue Sea», protagonizada por Rachel Weisz y Tom Hiddleston, filma un primoroso tapiz melodramático en la Inglaterra derruida tras la Segunda Guerra Mundial.

Basándose en una obra teatral de Terence Rattigan, coloca en el centro del triángulo a una mujer palpitante, desmotivada ante las concesiones de su matrimonio por conveniencia y abocada al fatalismo por un amante que no sucumbe a su chantaje emocional.

«Cada individuo ama de una manera diferente y nadie da lo que el otro desea. No es una cuestión de víctimas ni de feminismo. Es el ser humano», ha resumido contundente Davies para justificar la entrega, entre la honestidad pura y la humillación voluntaria, que realiza el personaje encarnado por la ganadora del Óscar por «El jardinero fiel».

Con un universo insobornable que le ha ganado el título de director de culto por cintas como «Voces distantes», Davies recorre y traspasa con tristeza las paredes de las casas anónimas hasta encontrar «la poesía de lo ordinario» y apuesta por un lenguaje deslumbrante y clásico en peligro de extinción.

«Yo crecí en los años cincuenta. No había ruido, solo una radio y los pasos de la gente en la calle o subiendo escaleras. Había grandes peleas, pero luego siempre reinaba un silencio muy británico», ha explicado quien fuera objeto de una retrospectiva en este festival hace tres años.

Pero, pese a su reivindicación de los afectos lanzados a bocajarro hasta las últimas consecuencias y a su afiliación al melodrama más sublime, Davies rechaza coquetear con la nostalgia. «Espero que no aparezca en la pantalla. Sería banal pensar que esa época maravillosa. Solo muestro pequeñas vidas en las que el amor irrumpe como un cataclismo».

Y es que el amor dista mucho, según Tom Hiddleston, de «los pájaros cantando y el arco iris», sino que está más cerca de la ira. «Lo opuesto al amor no es el odio: es la indiferencia», ha concluido el protagonista de la primera cinta que suena en esta 59 edición del Festival de Cine de San Sebastián como más que factible Concha de Oro.