El cineasta Miquel Àngel Raió, fotografiado en Barcelona. | Carles Domènec

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Unas gafas japonesas de aviador se convierten en el símbolo de una trágica coincidencia: la vida cotidiana con una pérdida familiar. El creador Miquel Àngel Raió recibió los lentes hace un año en Mallorca, como regalo, mientras ensayaba Els accidents del Petit Príncep en los mismos días en los que su madre estaba ingresada en un hospital por un cáncer que no superaría a los 59 años. El artista ha decidido someterse al dictado de las pulsiones creativas con todo ese material sensible y rodar Habitació Verd Pàl·lid 119 , a medio camino entre el documental y el videoarte.

«Los que nos dedicamos a la vida creativa nos tenemos que enfrentar al hecho de que la vida cotidiana sigue, nace un hijo o muere alguien muy importante y debes ir a rodar», mantuvo Raió, quien se cuestiona si «en esas condiciones tiene sentido seguir filmando». Interesado por la experimentación, el director explicó que «las leyes de la narrativa hablan de tres partes, inicio, nudo y desenlace, pero yo me he centrado en el díptico, algo menos habitual, porque quiero explicar que un suceso tan terrible empieza en algún lugar pero no tiene desenlace».

Para Raió, «el valor terapéutico del proyecto es la obligación de volver a empezar, por lo que la última parte está basada en un niño pequeño», y añadió que «he fijado los límites en el rigor intelectual transversal con pensadores que ya han pasado por cosas parecidas, como Simone de Beauvoir». El autor no ha querido usar en la película el nombre propio de la persona fallecida para «despersonalizar la pieza». En el guión, que el director define como «un ensayo en imágenes», afirma que «la muerte no es en ella misma un tema de excepcional interés, pero lo es, tal vez, indagar en una investigación experimental que reflexiona sobre la experiencia y la idea del duelo». Ahí se encuentra el ejercicio artístico de Raió para dotar al resultado de «una inquietud universal a la que quizás debería tender toda obra de arte».