El madrileño presenta en Son Servera su nuevo trabajo, Daiquiri Blues.

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Cantautor exquisito de lírica esmerada, Quique González presenta el último de sus trabajos esta noche en Son Servera. Cuesta creer que, después de una abultada trayectoria repleta de incontables hallazgos en forma de canción siga guardando tesoros ocultos, pero así es. Daiquiri Blues (2009) resulta la prueba evidente de ello. Grabado en Nashville, el álbum trata de conciliar el encanto desastrado de González con un sonido esponjado y algo más reflexivo. Obviando su preceptiva cuota de hits despeinados, el auténtico tesoro del álbum está en esa retahíla de ases en la manga que conforman el esqueleto global, once canciones sin desecho ni relleno. Un auténtico festín que le deja a uno empapado de espíritu lo-fi, epílogo sumamente contraindicado para los amantes del pop-rock al uso.
González considera que componer puede llegar a ser una terapia, "cuando termino una canción soy una persona distinta, porque he visitado una historia que me ha trasladado a un lugar diferente", sostiene. Los artistas con trayectorias dilatadas suelen acomodarse en la rutina, en su caso y más allá de las ansias de prospección, cada nuevo registro recoge el pánico que siente al estancamiento, "es un miedo que está ahí, hasta ahora he disfrutado de un período creativo fértil, pero de cara al fututo nunca se sabe, espero seguir sintiéndome impulsado por el inconformismo".
Daiquiri Blues marca el techo en una estilización más preocupada que nunca por la cohesión entre melodía, armonía y arreglos. El artista define su proceso creativo de forma estructural, "empiezo con una melodía tocada al piano, luego añado guitarra y voz. A partir de ese esqueleto voy vistiendo las canciones con arreglos, armonías y voces". Comparado con el resto de su obra, Daiquiri Blues es más comunicativo a nivel emocional, "buscaba letras lo más directas posibles para establecer una comunicación de tu a tu con el público".