TW
0

EMILI GENÉ/R.C.

El público mallorquín de música clásica es discreto y circunspecto. Raramente se apasiona pero nunca expresa su desaprobación. Correcto en todo, uno diría que es un perfecto cumplidor de las normas sociales que rigen los actos culturales. Previsible en su movilización y en su comportamiento, el concierto organizado por Joan Pons en el Auditòrium a beneficio de la Fundación Clarós, que lucha contra la sordera, tuvo desde este punto de vista mucho de atípico.

La velada tuvo el calor de los flashes y los políticos en las primeras filas. Entre el público, Jaume Matas, presidente del Govern; Francesc Fiol, conseller de Cultura del Govern; Catalina Sureda, directora general de Cultura y Pedro Clarós, presidente de la Fundación Clarós. El entusiasmo del público, muy atípico, desencadenó ovaciones cerradas que superaron el tiempo que mandan los cánones, «bravos» espontáneos y una generalizada sensación de extraordinariedad: el recital, a pesar de sus tres horas, se hizo corto.

Desde el punto de vista técnico, excelente el criterio de la selección. Joan Pons demostró que es mucho más que un gran cantante. Conocedor del repertorio y enamorado de toda la ópera, escogió las obras con gusto e inteligencia. Hubo de todo. A pesar del título, el concierto no se limitó a duetos. Melodías conocidas, pero también arias apenas familiares. Piezas aptas para el virtuosismo vocal («Je veux vivre»), la recreación dramática («Signore v assista il cielo»), el intimismo más expresivo («Lamento di Federico») y hasta resonancias del género chico («Le van a oir»).