Los tres investigadores, Margalida Albertí, Xisco Barceló y Pablo Pérez-Villegas. Foto: GABRIEL MORELL

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La familia Viñas donó, en 1999, su colección de programas de mano de películas al Arxiu del So i de la Imatge. Más de 3.000 pequeñas historias que narran los cambios que ha vivido el cine desde la década de los años veinte hasta los sesenta. Ahora, el archivo ha decidido difundir estas pequeñas joyas a través de un estudio que verá la luz a principios del mes de junio. «La extensión de los fondos nos obligó a centrarnos en una época concreta. Escogimos los años 30 porque fue la etapa en la que se introdujo el cine sonoro», afirmó Margalida Albertí, encargada del proyecto junto a Xisco Barceló y Pablo Pérez-Villegas. El estudio se basó en siete salas: el Teatro Principal, el Lírico, la Protectora, el Teatro Balear, el Cine Moderno, el Salón Rialto y la Sala Born.

«Su función era básicamente publicitaria». Cada película tenía diferentes programas que se repartían «en la entrada, en la calle o el último día». Se dividían en dos tipos: los dípticos y los troquelados. Los primeros eran «los más comunes» y, los segundos, «contenían formas y solían imitar los recortables». A principios de los años 30, el blanco y negro predominaba en los programas de mano. Con el paso de los años se introdujo «el color» y, también, empezó a anunciarse un nuevo avance tecnológico: el sonido.

«Los cines se preocupaban en publicitar las novedades que el séptimo arte implantaba». Los programas eran «derivaciones de los grandes carteles publicitarios». Se imprimían en la península aunque los aspectos más locales, como el cine donde se proyectaba el filme o los horarios, se imprimían en Mallorca. Además, servían para dar una imagen de calidad como hacía la Sala Born, «muy preocupada en ofrecer una imagen selecta».