Dominik Greif, portero del Real Mallorca, desbarata una gran ocasión de Stuani, delantero del Girona, este martes, en Son Moix. | CATI CLADERA

TW
2

Mientras Son Moix celebraba extasiado la clasificación para las quintas semifinales de la Copa del Rey de la historia del Real Mallorca, un tipo de casi dos metros y vestido de arriba a abajo de negro sonreía feliz como un niño pequeño. Se había hecho esperar, pero Dominik Greif acababa de vivir su primera gran noche en el fútbol español. Un encuentro inolvidable que él, sin la atención de unos focos que apuntaban hacia la otra portería, había salvado al principio con su seguridad y un par de intervenciones determinantes.

Para Greif el Mallorca-Girona no era un partido más. Situado a la espalda de Rajkovic y limitado al cuadro de la Copa desde que las lesiones y la falta de confianza le arrinconaron en el rol de portero suplente, el eslovaco apenas sabía lo que era jugar en Son Moix. Solo lo había hecho una vez y seguro que prefería no recordarlo. Desde aquella cita frente a Osasuna de septiembre de 2021 en la que casi todo le salió mal, no había vuelto a tener la oportunidad de mostrarse ante su público. Sus otras ocho actuaciones como bermellón, incluida una contra el Barça a finales del curso pasado, habían sido como visitante.

La clasificación para semifinales exigía que todo el equipo estuviera al cien por cien, empezando por el portero. Y ahí emergió la figura del Greif del que solo flotaban en el aire algunas referencias. «Es un porterazo, seguramente el mejor de los que tiene el Mallorca», repiten en la intimidad quienes mejor lo conocen y lo ven trabajar a diario tras las barreras de Son Bibiloni. Solo le faltaba demostrarlo. Y empezó a hacerlo cuando realmente importaba: abortando dos grandes ocasiones, una de Stuani y otra de Savio, con la eliminatoria todavía por definir.

Greif siguió ganando autoestima con el paso de los minutos y aunque terminó encajando dos goles que rompían la imbatibilidad de los tres partidos anteriores (solo se había perdido el duelo contra el Valle de Egüés), también le aportó al Mallorca la calma necesaria para superar un encuentro que se había puesto muy feo a raíz de la expulsión de Raíllo. Supo enfriar el ambiente y anestesiar al Girona y no le tembló el pulso cuando el líder de LaLiga más empujaba. Ese guardameta que llegó del Slovan de Bratislava después de ser tendencia en las redes sociales y que hace solo medio año se planteaba su futuro, encontraba por fin un premio a su silencioso trabajo en la sombra. En casa y con veinte mil aficionados para corroborarlo. La sonrisa de Dominik Greif, tan esperada como el pase a unas semifinales, es también la de todo el mallorquinismo.