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Saint Imier es un pequeño pueblo suizo, cerca de la capital, Berna, que ha dado por lo menos dos internacionales al fútbol. Uno, Daniel Jeandupeux, por Suiza, y otro, Maheta Matteo Molango, por la República Democrática del Congo, conocida como Zaire entre 1971 y 1997. Porque Maheta Molango, aunque nacido en Saint Imier el 24 de julio de 1982 de un matrimonio de emigrantes formado por un congoleño y una italiana, al no haber en Suiza derecho de suelo, tuvo que adoptar la nacionalidad de su madre para tener pasaporte y en fútbol, la de su padre. A España le trajo el Atlético de Madrid para su filial C, el de Tercera, también jugó en Segunda B con el Conquense, pero si por algo se le recuerda en el mundo del fútbol es por haber marcado con el Brighton uno de los goles más rápidos en la historia del fútbol inglés.

Pero si no pudo triunfar como futbolista, sí lo ha hecho como abogado y gestor, que son los méritos por los que Robert Sarver le puso al frente de un Mallorca en ruinas. En eso, en poner orden en la maltrecha economía del club, en darle estabilidad institucional, ha cumplido. Lo deja en superávit, que es la parte positiva de su gestión, pero con el peligro en la cuestión deportiva de la pérdida de categoría. Y es en eso donde la larvada guerra por los fichajes con el cuerpo técnico ha terminado con su cese. Se había llegado a un punto en que o sobraba Maheta o sobraba Vicente Moreno.

A partir de ahora Maheta Molango es una anécdota en la larga vida del Mallorca. Y tiene que pasar algún tiempo para dimensionar este cese. A mi modo de ver, si ponemos en una balanza lo bueno y lo malo de su mandato, gana lo mucho y bueno que ha hecho. Este juicio a expensas de que un día salgan a la luz las causas reales por las que la propiedad ha decidido, en estos momentos de extrema dificultad deportiva, cesarlo de manera tan abrupta y sorprendente.