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Pocas horas después de que se rubricara el regreso a Segunda, el Mallorca se ha aplicado con esmero para proyectar un mensaje de austeridad y cautela. Los brincos del CEO en el autobús fueron el preludio de un discurso que poco tiene que ver con el «regreso a Anfield» y que oculta excesivos párrafos contra natura.

Desde la vuelta de Anduva, la administración Molango, históricamente reticente a facilitar datos económicos, se ha apresurado a airear que la próxima temporada el Mallorca deberá manejarse con un presupuesto medio-bajo, un detalle que evidentemente condicionará sus expectativas deportivas.

Prisionero del tope salarial, que básicamente se calcula en función de los ingresos y gastos de la campaña anterior, los ingresos que proporciona la propia Liga y los traspasos, el Mallorca dejará de ser el transatlántico que se ha movido durante este curso por Segunda B para encarar un curso cuyos dos grandes retos serán atar la permanencia cuanto antes y sentar las bases de una escuadra ganadora.

Resulta paradójico que el Mallorca encare un viaje en Segunda para madurar un proyecto, pero esta es su realidad actual. Es la letra pequeña del gran naufragio de la temporada pasada; el reverso de una factura que también hay que abonar. Eso si, los emolumentos de los ejecutivos seguirán siendo de Primera...