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Doce jornadas. Es el plazo que le ha bastado a Michael Pereira para distinguirse como uno de los futbolistas con más futuro de los que habitan ahora mismo en la Liga. El francés, que protagoniza una historia de superación constante, camina por su segunda temporada en el Mallorca y solo unos meses después de acomodarse en la Primera División se ha descubierto como uno de los puntos de referencia del club. Empezó a edificar la remontada contra el Levante, abrió el fuego en Zaragoza y volvió a salirse el domingo en el Pizjuán, donde inauguró el marcador y metió en un laberinto al equipo de Manzano. Sus enormes actuaciones han atraído ya la mirada del resto del campeonato, aunque muy pocos saben lo que ha tenido que sufrir para llegar a la cima del fútbol español.

Pereira nació hace 22 años en Othis, un pequeña población de apenas 2.000 habitantes situada unos cincuenta kilómetros al noreste de París. Hijo de un emigrante caboverdiano que ha dedicado toda su vida al mundo de la construcción, creció en el seno de una familia humilde y se forjó como futbolista jugando a diario en la calle. Pasó por el equipo de su pueblo y por el Blanc Mesnil antes de presentarse a unas pruebas que había convocado el Alfortville, un club instalado en una categoría equivalente a la Segunda B. Fue ahí donde empezó a sortear obstáculos. De los doscientos chavales que acudieron a la cita, solo cinco superaron los numerosos cortes impuestos por los técnicos, y él era uno de ellos. Pese a todo, ingresó en el equipo casi por la puerta de atrás, únicamente para completar la plantilla. Aunque tampoco tardó en sobresalir.

Crecimiento

Seis meses después, en noviembre de 2008, se cruzó con un personaje que ha sido fundamental en su progresión y que hoy en día es su representante: Nikola Franco. «Fui a ver a uno de mis jugadores en un partido entre uno de los filiales del Paris Saint Germain, pero el que me impresionó fue un chaval del Alfortville», recuerda. «Le pegaba muy bien con las dos piernas, era fantástico en el uno contra uno y además de parecer muy inteligente, era diferente al resto, ya que en Francia no abundan los extremos como él. Eso sí, había que pulirlo porque todavía tenía mucho trabajo por delante», añade. Franco volvió a ir a verlo y no tardó en tenderle la mano: «Hablé con él y le dije que tenía muchas cualidades, pero que debía trabajar muchísimo. Le pregunté si estaba preparado para sufrir y no lo dudó. Me dijo que tenía mucha confianza y mucha hambre», explica.

Michael aterrizó en Mallorca en agosto de 2009, pero antes había probado fortuna en el Auxerre, el Cartagena o el Deportivo. No le fue bien y tras muchas conversaciones consiguió quedarse en el filial, en el que aterrizó como un jugador de relleno que estaba obligado a empezar de cero. Fueron seguramente los peores meses de su carrera. Lo pasó fatal. Apenas tenía sitio en el equipo, no terminaba de adaptarse a vivir lejos de su pa

ís y derramó muchas lágrimas mientras se aclimataba a la Isla. Sin embargo, su explosividad en el campo le hizo salir del anonimato. El 4 de octubre de 2009 solucionó un partido ante el Villajoyosa con un golazo de falta en el último minuto y su situación dio un giro radical. Empezó a sonreír.

Pereira dejó muy claro después que estaba listo para subir un escalón y llegó a hacerlo a finales del pasado mes de abril, cuando Manzano le llamó para completar el banquillo contra Osasuna. En cualquier caso, no llegó a jugar ni un minuto. De hecho, estuvo a punto de ni siquiera sentarse en el banquillo. Tres horas antes del partido, Nando Pons le dijo que si quería subir al autobús debía firmar un nuevo contrato con el Mallorca. Él se negó a hacerlo en unas «condiciones ridículas» y acabó ganando el pulso, aunque al día siguiente siguió recibiendo presiones. Todas inútiles, no obstante. Resistió y no estampó su rúbrica hasta este verano, ya con la nueva propiedad. Firmó hasta el 2014 con una cláusula de 18 millones de euros y se comprometió a dejarse el alma por el Mallorca. Y de momento, no falla.