Imagen de Antoni Nicolau en aguas de la Polinesia Francesa durante su vuelta al mundo en solitario que este miércoles 25 de mayo de 2022 cumple 25 años de su llegada. | Archivo Antoni Nicolau

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Acusaciones de asesinato en Yibuti, alucinaciones en el canal de Suez, rituales tribales en Indonesia, el trueque en islas del Pacífico o los sobornos en casi todos los puertos más allá del estrecho de Panamá son algunas de las peripecias que vivió Antoni Nicolau (Campos, 22-4-1962) en su vuelta al mundo en solitario. Una odisea que alcanza sus bodas de plata. Este miércoles se cumplen 25 años de su regreso al Club Nàutic de sa Rápita, que fue punto de partida y llegada del sueño de un adolescente campaner que hizo realidad con 35 con su velero, el Encís. «A lo mejor no me acuerdo de lo que me ha pasado hace dos días, pero tengo los recuerdos intactos de la travesía. Me acuerdo de los momentos complicados, que fueron varios, pero me quedo con la gran satisfacción que sentí al cumplir un sueño que tenía desde los 13 y lo mucho que te conoces a ti mismo porque aprendes a gestionar emociones y situaciones límite», explica.

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Desde pequeño sintió pasión por navegar y sus rutas a Cabrera desde la Colònia fueron su escuela. Autodidacta en el mar, tuvo que zambullirse en libros, muchos de ellos en inglés y francés, y los atlas para trazar la mejor ruta y planificar las escalas más viables esquivando las temporadas de huracanes y ciclones. Sin internet, el estudio fue largo e intenso hasta que tuvo que decidirse a poner una fecha. Quería salir en octubre de 1995, pero finalmente lo hizo en enero del 96. «Tuve que organizarme en mi trabajo en la gestoría y fue duro marcharme con una hija de un año y medio. Lo más difícil fue partir. Era el precio que había que pagar. Mi familia sabía que iba hacerlo sí o sí y no podía esperar a que fuera un buen momento porque nunca iba a llegar», relata.

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Cuando zarpó, con poco equipaje porque iría buscando el calor y muchas latas de atún, carne argentina y pasta, apenas unas doce personas le despidieron de sa Ràpita, donde le esperaron más de 1.000 y le acompañaron 25 embarcaciones a su llegada con música, autoridades y una fiesta de bienvenida. «Me sorprendió y me abrumó un poco porque aquello no iba mucho con mi carácter, pero fue una gran momento», recuerda al mismo tiempo que desvela que la noche anterior la pasó solo en Cabrera paladeando todo lo vivido.

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La «vida contemplativa» es una de las cosas que más remarca de una travesía de otro siglo que se prolongó 16 meses y 25.800 millas con cerca de 25 y 30 escalas. También tenía mucho trabajo para prepararse y navegar hacia lo desconocido pasando por cuatro momentos críticos. Olas de cinco metros que tumbaron el mástil 90 grados en el Atlántico llenando el barco de agua, los cuatro días sin apenas viento para volver a puerto en Panamá para reparar el motor, la pérdida del timón en Tahití o una lipotimia en el Estrecho de Torres en Papúa Nueva Guinea pudieron mandar al traste su aventura o incluso costarle algo más caro que el retraso en su viaje de vuelta.

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La Polinesia Francesa, con islas para el solo, fue uno de los enclaves más mágicos. «Era lo que buscaba y superó mis expectativas», rememora. Su vuelta al mundo en solitario tuvo mucho de odisea y la compartió con crónicas que mandaba por fax a su revista en Campos, donde aquella época se agotaron los atlas para seguir una ruta de la que escribió más de 700 postales a familiares, amigos y allegados. Hubo situaciones no lo fueron tanto pero que ahora son divertidas, como cuando en Yibuti en la aduana no se creían que navegada solo y le acusaban de haber matado a sus compañeros de tripulación. O cuando tuvo que esconder latas de paté para que en Australia no le metieran preso por meter cerdo en el país. Sin duda, una odisea bañada en plata que daría para serie en Netflix.