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Si mi mala amiga, la memoria de mi adolescencia, no me engaña, era la Vía Layetana, en Barcelona. Y era un Mini. Acababa de estallar la primavera de 1974. El Barça se había proclamado campeón de Liga tras ganar, creo recordar, 2-4 en Gijón, ante las arrugadas narices del franquismo, que no podía consentirlo tras la humillación del 0-5 en el Bernabéu, dos meses antes. («En Flandes se ha puesto el sol», cantaba La Trinca). El Mini iba repleto de muchachos cantando. Parecía un milagro la pasión que se vivía en aquel espacio tan reducido a punto de reventar en aquella época oscura de dictadura y represión. Se movían cabezas, piernas y botas al mismo ritmo. De pronto asomó un palo por la ventana del copiloto. Y las cuatro barras se desplegaron al viento de aquel anochecer tan dulce. Fue un impacto ver como la senyera proscrita se desplegaba, altiva y orgullosa, sobre el asfalto, muy cerca de la por entonces temida Comisaría General de Orden Público. ¡La Vía Layetana!, que en julio de 1936 había visto desfilar a la Guardia Civil con el general Aranguren y el coronel Escobar al frente, poniéndose a las órdenes del president Companys. ¡La Vía Layetana!, que el noviembre de aquel mismo año congregó a centenares de miles de catalanes en el entierro de Durriti, caído en la defensa de Madrid.
Aquel Barça de Johan Cruyff transformó el pesimismo y el miedo de la derrota, cicatrizada en las entrañas, en la convicción de que vencer es posible. Johan enseñaba que nada está escrito, que cada nueva hornada de humanos contiene en su seno la fuerza inalienable de aspirar a levantar una realidad nueva. Ni patadones de los rivales ni consentidos árbitros caducos conseguían pararlo. Unos meses después el Barça vino a a Mallorca al Ciudad de Palma. Y vi al Cruyff puro y relajado de un torneo amistoso. Nunca olvidaré su estilo revolucionario, de genio, de capitán de una nueva generación. No recuerdo quién era el equipo contrario, pero sí lo que dijo su entrenador, herido en su vergüenza, tras la amarga derrota: «Con Cruyff el Barça es el mejor equipo del mundo, sin él no es nadie».
Johan jugaba por la izquierda. Transformaba el pensamiento de quienes le observaban. Era lo nunca visto. Un diestro manejando la banda contraria con maestría. Centraba con el pie cambiado, con pases liftados (de tenis) que parecía imposible que pudieran salir de bota humana (no se han vuelto a repetir), buscando las cabezas de roca de los recién fichados Neeskeens y Manolo Clares. Pero sobre todo (y eso era también lo nunca visto) Cruyff jugaba en diagonal. Era una lección de futuro que transformaba y trascendía al fútbol: de la izquierda al centro, hacia barraca, rompiendo las defensas por donde menos se lo esperaban. De la izquierda al centro. Preparando el disparo con la pierna buena (la derecha) amagando con la cadera un tiro al palo largo del portero para obligarle a centrarse bajo el arco y luego girar el pie y pegarle seco y duro al palo corto, por el nuevo hueco abierto con el movimiento diagonal-cadera. Inteligencia pura y revolucionaria. Aplicable a todos los ámbitos de la vida. De la izquierda al centro como estilo existencial individual y colectivo, superando el correr pegado a la línea de cal como un cabestro para acabar rodeado en el banderín de córner. De la izquierda al centro, abriendo el campo, convirtiéndolo aparentemente en asimétrico y acabando para siempre con los defensas brutos y estáticos, con la dictadura del pensamiento cerrado y tosco.
Cruyff no era el más fuerte (y encima fumaba). Tampoco era el más rápido, aunque lo parecía. Desbordaba a los defensas rivales con cambios de ritmo hijos del cerebro y no de las piernas. Cambió mentalidades. Y más cosas: «Tú, apunta» le dijo a aquel funcionario franquista que se negaba inscribir a su hijo en el registro como Jordi. Les devolvió a los catalanes su autoestima. Un pueblo cien veces derrotado y victimista de pronto comprendió que la autoconfianza bien dirigida conduce a la victoria.
Cuando entrenó al equipo, la revolución Cruyff se convirtió en gloria: Jugar a dos toques (todos somos uno); con sólo tres defensas (si atacas no te marcan); con el portero jugando de líbero manejando los pies (así somos uno más) y, sobre todo, enseñando que cada título es sólo un escalón que da sentido al próximo partido y a la próximo torneo. «Prefiero ganar por 4-3 que por 1-0», decía. Así también enaltecía al rival. Y nunca parar, nunca rendirse, nunca dormirse en los laureles. Siempre con la cara alta, en el césped y en el banquillo. Adelante, siempre adelante. Un hombre sólo descansa en la tumba. Descanse en paz. Y aquel Mini de 1974, repleto de ganas de vivir, aún recorre la Vía Layetana.