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Miguel Vidal
La muerte de Juan López Ramos, conocido en el mundo del fútbol como «Currucale», ha sobrecogido al mallorquinismo. Se ha ido el inventor del pressing, la mosca cojonera, que le llamó en cierta ocasión Alfredo Di Stéfano, el hombre que cuando Hugo Sánchez todavía no había nacido había inventado la «quinta de los machos». Era tan rápido y luchador que el pressing era algo innato en este futbolista que más que un corazón tenía un motor de gran cilindrada. Bastaba que el entrenador le dijera «marca a fulano», que el tal fulano podía despedirse del juego. Currucale era vuelta y media mejor secante que aquél Mangriñán que tuvo el Valencia. Era tan valiente que acciones suyas en los terrenos de juego han pasado a ser leyenda. Su primer entrenamiento con el Real Mallorca, por ejemplo, a finales de agosto de 1958, en que se empleó tan a fondo que le partieron una ceja. En Elche una vez se dejó media oreja y tuvieron que hospitalizarle. Como tuvieron que hospitalizarle en Zaragoza despues de su paso por La Romareda.

Currucale se dejaba literalmente la piel a jirones en el campo, lo que le convertía en el dinamizador del equipo. El Mallorca había tenido otros futbolistas canarios, como Manolete, Ignacio y José Luís Romero, pero ninguno pudo dar el rendimiento que dió Currucale, quien, aunque nacido en Las Palmas en 1932, llegó al Luís Sitjar procedente del Sans, un equipo de Barcelona que entonces estaba en Tercera División. Currucale había sido la apuesta personal de un presidente que nunca antes se había metido a técnico, Jaime Rosselló, que se dejó convencer por un amigo que le dijo: «Fíchalo, que ese se come la hierba». Y Jaime Rosselló le pagó la ficha de su bolsillo.

Currucale fue protagonista destacado del ascenso histórico a Primera División, categoría en la que luego su espíritu combativo creó escuela. La de los machos.