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Carlos Martínez Noche de infarto. En un partido de transistores, sobresaltos y resurrecciones, el Mallorca transitó más de una hora en el infierno. Hundido en el descanso, perdía en Son Moix y ganaba Las Palmas en Anoeta, los de Llompart apelaron a la calidad y se encomendaron a su mejor hombre, Ibagaza, que con una rosca magistral, enviaba el balón a la escuadra y abría una puerta a la esperanza. Fue la clave de una agónica salvación.

Mientras Fernando Vázquez se agarraba al tanto del canterano Jorge y miraba de reojo a Palma, el mallorquinismo se aferraba al milagro, olvidaba su trágica situación en el descanso y se volcaba buscando la salvación. Tuvo que ser Luque, que ya había perdonado en los primeros minutos, el que echase el cierre, asegurase la permanencia y condenase a los dos equipos canarios. Fue la mejor despedida para una temporada que debe hacer reflexionar a todos los mallorquinistas.