El delantero portugué del Real Madrid Cristiano Ronaldo avanza con el balón ante el banquillo del Valencia durante el partido correspondiente a la trigésima tercera jornada de Liga de Primera División. | Efe

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El certero cabezazo, suave, colocado, al sitio justo de un marco donde no había hueco para el gol, diluyó la presión creciente, la angustia que en los grandes momentos condicionaba el talento de Cristiano Ronaldo, cuestionado en las grandes citas, que ahora se ha puesto, entre ceja y ceja, la conquista de la 'Décima' con el Real Madrid. El tanto ganador en la prórroga de la final de la Copa del Rey ante el Barcelona redimió al astro portugués, sobre el que empezaba a pesar en exceso el talante gris que ofrecía en los momentos grandes. El fichaje más caro de la historia del Real Madrid encontraba, por fin, su primera justificación.

Cuatro días antes, no obstante, el luso había entreabierto el final del maleficio en el clásico liguero. Solía dársele mal los duelos contra el Barcelona. Maniatado por la presión se tomaba cada partido ante el conjunto azulgrana como una cuenta personal. En exceso. Una carga emocional añadida que corría en su cuenta. Salía malparado en lo individual y con su equipo.

Ese partido en el Santiago Bernabéu enterró definitivamente las opciones ligueras del bloque de José Mourinho. Pero lejos de revitalizar el talante de su tradicional adversario, empezó a reanimar el espíritu blanco. La conquista copera empezó ahí. También la resurrección de Cristiano Ronaldo. Nunca el luso había logrado marcar ante el Barcelona. Era un lastre que crecía una y otra vez. Ni con el Manchester United ni con el Real Madrid, Ronaldo había sido capaz de perforar la portería barcelonista. El penalti en el tramo final del choque liguero giró la dinámica. La del bloque y la del atacante. El siete blanco agarró el balón y lo dispuso en el punto de los once metros. Esa distancia, tan fiel con el futbolista de Portugal, no suponía ninguna garantía.

Pasado

En la mente de muchos corrió un recuerdo. Una retrospectiva que ahondaba aún más sobre las miserias del hombre de Funchal. Ese tiro que marró con el Manchester United en el Camp Nou. En la semifinal del año 2007-08, en la que el mundo se le vino encima. Fue un gran año al final. El cuadro de Alex Ferguson, sin embargo, eliminó al Barcelona de aquella semifinal y conquistó el título en el duelo ante el Chelsea, en Moscú. Cristiano Ronaldo anotó el tanto de su equipo, que empató a un gol. Frank Lampard firmó el del conjunto londinense. El título se resolvió en los lanzamientos de penalti. Y el United logró la Copa. Aunque el portugués falló el suyo de la tanda.

Pero en esta ocasión no fue así. No falló. Marcó en el Bernabéu. Empató. Y evitó una nueva derrota madridista ante el Barcelona. Se quitó de en medio el maleficio. Ya había logrado anotar en el clásico. Algo había empezado a cambiar. Por primera vez desde que Pep Guardiola es entrenador azulgrana su equipo no había salido victorioso ante el Real Madrid. El bloque de Mourinho y su afición lo asumió como un triunfo. No sin razón. La final de Copa derribó los fantasmas que acuciaban al luso. Mestalla disipó las dudas. Y deshizo las lanzas preparadas que hasta el minuto 102 apuntaban al portugués, otra vez sospechoso de ser oscuro en las grandes citas.

Suele estar Ronaldo al margen del trabajo que ocupa al equipo. Distanciado de la presión, pierde energías en peleas contra el viento, en protestas, en lamentos. Mientras todos sus compañeros se ofuscan en recuperar la posición, en buscar la pelota. Ya el Bernabéu, en ocasiones como esas, le ha delatado. No lo perdona, un público acostumbrado a que cada uno de sus hombres se deje el alma en cada carrera.

Era la Copa una misión imposible. Pero el Madrid mantenía el tipo. Especialmente en la segunda mitad, cuando el Barça aceleró el paso. Los blancos miraban cada acción rival centrados en frenar la avalancha. Fue en una de estas cuando Ronaldo gritó al cielo y se desentendió del equipo. No lo pasó por alto esta vez Mourinho, que le abroncó por no bajar a defender. Ronaldo tomó nota. Se agigantó en el tramo final. Pudo sentenciar el Madrid antes del tiempo añadido. Pero se dejó para la prórroga lo mejor.

Talento contra talento, de nuevo, en el Bernabéu en la ida de la semifinal de Champions.