ala Gran, Cala Petita y Cala Esmeralda son las playas centrales de Cala d'Or. | Gabriel Alomar

3

Cuando Pep Costa creó allá por 1933 la modélica urbanización de Cala d’Or se inspiró en su Eivissa natal para levantar un conjunto de chalets y un hotel de un blanco impoluto en torno a la Cala Petita. Se le considera como uno de los rincones con encanto del verano en Mallorca.

Así nació uno de los centros residenciales más exquisitos del Mediterráneo hasta que, a partir de la década de los años 60 se abrió al boom turístico, que llenó por completo todo este litoral de alto valor paisajístico y que, además, comprende Cala Gran, Cala Llonga, Cala Esmeralda, Cala Ferrera, Cala Serena...

Todo un conjunto de rincones con su propio encanto, antaño naturales y ahora llenos de hoteles, levantados en torno a la original Cala d’Or que, por fortuna, conserva su establecimiento original, agrandado en sucesivas reformas. Desde sus terrazas aún se puede disfrutar de un ambiente idílico bajo los pinos y ante una cala rocosa con fondo de arena y de aguas turquesa.

Enmarca al fondo la vetusta estampa de es Fortí, levantado en 1730 para defender este litoral de los ataques piratas. Cala d’Or fue un icono del mejor concepto turístico de antaño, y de noche adquiere su propio carácter en la zona peatonal llena de restaurantes y bares, y alguna discoteca que ha alcanzado renombre a nivel internacional.