Hace más de 25 años, en lugar de ir a comer a un restaurante me fui a probar un par de platos en la cocina de Son Dureta. Las comidas del hospital principal de Mallorca tenían fama de ser poco apetecibles. Asimismo, mi única experiencia de comer ahí había sido cuando mi hija tuvo su primer hijo y estuve en su habitación a la hora de comer. Aquel día probé un trocito de filete de pescado rebozado y su nivel era de bar de tapas de barriada. Que ya es decir.

Cuando decidí probar suerte con la comida de Son Dureta, la relaciones de prensa me presentó al jefe de la cocina y me dejó ahí para ver cómo el hospital daba de comer a sus pacientes. Vi todo el proceso: los cocineros con sus grandes calderos y la distribución en enormes carros como estanterías sobre ruedas. Luego, en un despacho ahí mismo, comí una sopa de verduras (todas al dente) y una carne tierna con salsa y puré de patatas. Todo estaba insulso, por orden de los médicos y no por culpa de los cocineros. Es que hasta las hierbas y especias más inocuas pueden ser dañinas para según qué pacientes. Los médicos van a lo seguro, por lo tanto todos los pacientes comían de los mismos calderos… no había ni pizca de sal a la vista. Escribí de todos los aspectos de los dos platos, sobre todo el punto tan soso, añadiendo que la materia prima estaba muy bien.

Después de salir el comentario, una lectora joven bastante enfadada me llamó para decir que estaba ingresada unos días y la comida era fría y malísima, acusándome de ser un vendido. Hablé pacientemente con ella durante unos 15 minutos y llegué a convencerla de que nunca he sido un vendido y que es una cosa comer platos hospitalarios cuando uno está rebosante de salud y otra cosa es estar ingresado.

Hace un par de semanas era mi turno de estar unos días en un hospital escocés, probando la típica comida insípida de hospitales… pero todo estaba condimentado a mi gusto. Encima, cada plato principal venía acompañado de dos sobrecitos con una pizca de sal y otro con pimienta. Y las temperaturas de cada sopa y segundo plato estaban para quemarse la lengua. Un sobrino me trajo táperes con rigatoni con salsa de nata y una frittata de salchichas italianas. Los tuve en la mesita de noche y los médicos me dieron permiso para ir picando cuando quería. Mi única queja es que me tuvieron en ayunas durante las primeras 36 horas.

Hay buenas noticias para futuros pacientes de Son Espases. Las comidas las lleva ahora una subcontrata externa y no están como en Son Dureta hace 25 años, aunque son bajas en sal.