Manolo Martín Vences ha dedicado los mejores años de su vida al fútbol. | Teresa Ayuga

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Hablamos en la terraza del Bar Cristal mientras, unos metros más allá, un piquete de obreros levanta el carril bici. Le pregunto su opinión. Me responde:
Manolo Martín.- Yo no voy en bicicleta, pero reconozco que el abuso del coche es malo, no sólo para el medio ambiente, sino también para nuestra propia salud. ¿Que el carril bici no ha de pasar por las avenidas...? Pues no lo sé. Que lo digan los expertos en cuestiones viales. Ahora bien, aprendamos a dejar el coche en el garaje. Quien no monte en bicicleta, que camine.
Llorenç Capellà.- ¿Camina usted?
M.M.- Horita y media diaria. Desde el Coll d'en Rabassa hacia l'Arenal. Camino de mañana y a buen ritmo. Y si algún día no puedo dar mi paseo se me llevan todos los demonios. El caminar tonifica, relaja. Vuelvo a casa de buen humor.
L.C.- Usted es de Cáceres...
M.M.- Así es. El abuelo paterno trabajó duro, en la vía férrea. Pero gracias a su esfuerzo mi padre pudo estudiar y fue interventor de Hacienda. Era una persona muy estricta, espartana...
L.C.- ¿Su padre...?
M.M.- Mi padre, sí... Y de una honradez intachable. Vivíamos en la calle Colón, en un piso de alto nivel, pero alquilado. Recuerdo que mi madre le sugirió que teniendo acceso al catastro y a las casas de ocasión podía mirar de adquirir alguna ganga.
L.C.- ¿Y su padre...?
M.M.- ¡No le digo...! Montó en cólera. Pocas veces le he visto tan enfadado. Y es que tenía muy claro lo que era suyo y lo que era bien público, algo que últimamente se viene olvidando. Con su trabajo dio estudios a sus cinco hijos.
L.C.- Usted estudió Magisterio.
M.M.- A regañadientes, porque me quería veterinario. Pero yo, al terminar el bachillerato, me planté. ¡Si quería ser futbolista y veterinario eran ocho años...! Así que llegamos a un acuerdo y aceptó que estudiara Magisterio que eran tres. Me dijo que me olvidara del fútbol hasta que le enseñara el título.
L.C.- Pudo enseñárselo.
M.M.- Me gradué con diecinueve años. Los mismos que tenía cuando firmé mi primer contrato con el Calahorra, en Tercera División. Era un centrocampista cerebral, con buena técnica. En aquellos tiempos se jugaba con un cuatro-dos-cuatro y los entrenadores solían ponerme al lado de un compañero con mucho físico.
L.C.- Fue futbolista contra viento y marea.
M.M.- En casa me apodaron El Gitanillo porque no veían claro mi futuro. Pero mi afición era inquebrantable. Cuando fui a pedir la mano a María del Carmen, mi novia, porque en aquellos años echarse novia y casarse suponía todo un ceremonial, quien sería mi suegro, que era un hombre rico, médico-analista de profesión, me miró fijamente a los ojos y me preguntó si tenía en cuenta que su hija no iba a alimentarse de balones.
L.C.- ¿Y lo había previsto?
M.M.- Usted dirá. Soy un hombre legal. Una de las lecturas obligatorias, en magisterio, era La luna nueva, de Rabindranath Tagore. Y este libro me marcó. "Es fácil hablar claro cuando no va a decirse la verdad", dice Tagore. Así que no le prometí grandes cosas, a mi suegro, porque no tenía el futuro asegurado. Me repugna la mentira: siempre digo la verdad.
L.C.- ¿Aunque acarree problemas...?
M.M.- No me los ha acarreado. Y conste que en el fútbol, al estar pendiente siempre de los resultados, se vive en un estrés constante y se crean tensiones de convivencia inevitables. Pero sabía que hay partidos que no se ganan en el campo, sino en el vestuario. Los jugadores agradecen el trato afectivo, humano. O dicho de otra manera: en el fútbol profesional los problemas no se solucionan a gritos.
L.C.- ¿Y en las categorías inferiores?
M.M.- Aún menos. En el fútbol base el entrenador tiene que ser un educador. Siempre ensalzo los valores del fútbol como

“En el fútbol base el entrenador tiene que ser un educador. Siempre ensalzo los valores del fútbol como juego asociativo, porque potencia la generosidad, la inteligencia...”

juego asociativo, porque potencia la generosidad, la inteligencia... Incluso la humildad, porque cualquier futbolista sabe que por bueno que sea, él solo no gana una liga.
L.C.- Un partido, sí.
M.M.- Y dos. Ahí interviene la creatividad del jugador, algo que me preocupa.
L.C.- ¿En qué sentido...?
M.M.- No todos los entrenadores entienden, sobre todo en las categorías inferiores que es cuando el futbolista está en período de formación, que el juego asociativo no ha de ir en detrimento de la espontaneidad del jugador. Y convierten, a fuerza de regañinas, a los hombres en máquinas. ¡Cuántos buenosfutbolistas se habrán malogrado por culpa de entrenadores incapaces...! Porque al entrenador no le basta con tener un título.
L.C.- ¿Entonces...?
M.M.- El título es un papel. Y el buen entrenador se ha de reciclar continuamente. Y ha de saber un poco de medicina. Y otro tanto de psicología. Yo estudié en Vichy, en un centro de formación futbolística modélico. Y en otro de Hannover. Siempre aprendiendo. ¿Le digo la verdad...? A mí me hubiera gustado entrenar en las escuelas, el tiempo del recreo, cuando los niños cogen el balón y dan balonazos sin ton ni son. A partir de ahí se puede encauzar, y domesticar si es preciso, la espontaneidad.
L.C.- Usted entrenó a una de las mejores plantillas del Atlètic Balears. Todos los jugadores, además, eran jóvenes.
M.M.- Fue en la temporada 1968-69. ¡La de los Vallespir, Ferragut, Taberner, Parma, Tauler...! Pocas veces he disfrutado tanto entrenando. Éramos tan buenos y jugábamos un futbol tan espectacular que, estando en Tercera, el Sevilla, de Primera, nos contrató para disputar un partido amistoso. Y yo tuve la oportunidad de integrarme en el cuerpo técnico del Barça. Pero se malogró a mi pesar.
L.C.- ¿Qué pasó?
M.M.- Que mientras estaba en negociaciones con Domingo Balmanya, acabó el período presidencial de Narcís de Carreras y el nuevo presidente, Agustín Montal, cambió el secretario técnico. Pero Balmanya no quiso dejarme compuesto y sin novia y me llevó al Girona, en Segunda. Y el Girona fue mi trampolín. Tres años después firmé por el Rayo Vallecano.
L.C.- ¿Es, el Rayo, el equipo de izquierdas por antonomasia?
M.M.- Es un equipo popular. ¿Que inicialmente fuera de izquierdas...? A muchos clubes se les relaciona con una u otra tendencia política cuando, actualmente, la masa social que los apoya es plural. Cuando estuve en el Rayo, fíjese, el presidente era un falangista acérrimo. Y nos fastidió.
L.C.- ¿Por falangista...?
M.M.- Más bien por visionario. Se le metió entre ceja y ceja que el viejo campo de Vallecas iba a derrumbarse y mientras se construía un nuevo estadio nos hizo jugar en el polideportivo de Vallehermoso. Y nos despersonalizó. El Rayo está acostumbrado a jugar ante un público chillón, muy próximo al rectángulo de juego... Cada equipo tiene sus características. Al Rayo no se le puede hacer jugar como al Barça.
L.C.- Decídase ¿Guardiola o Mourinho?
M.M.- El entrenador completo no existe. Tanto el uno como el otro tienen enormes cualidades y algún que otro defectillo humano. De Guardiola me escama su excesiva modestia. No me lo creo en su papel de sacristán... En cuanto a Mourinho da la impresión que a veces antepone sus intereses personales a los del Club. Ya le digo, no pueden desligarse los conocimientos profesionales del carácter de cada uno.
L.C.- ¿Usted se retiró como futbolista...?
M.M.- Jugando en el Badajoz, en Segunda. Me lesioné la rodilla derecha y la medicina deportiva no estaba tan perfeccionada como ahora. Así que recordé las palabras de mi suegro. Tenía esposa y tres hijos... Me entró miedo al futuro y oposité para funcionario de prisiones.
L.C.- Pero ya disponía del título de entrenador.
M.M.- Me lo saqué jugando en el Burgos. Y afortunadamente, siendo funcionario podía coger la excedencia indefinidamente. Por eso entrené. Mi primer equipo fue el Huesca y me retiré en el Calvo Sotelo de Puertollano.
L.C.- ¿Por qué?
M.M.- Por necesidad. Desde los tiempos que entrené al Baleares fijamos la residencia en Palma. Yo iba y venía. En un momento dado, en plena temporada, dos de mis hijos me telefonearon para decirme que el otro hermano se había metido en problemas.
L.C.- ¿Drogas...?
M.M.- Sí. Y dejé Puertollano derramando unas lágrimas como puños. Pero valió la pena. Con ayuda del Projecte Home conseguimos que se desenganchara. Aunque años después, cuando ya llevaba tiempo reincorporado a la vida y era feliz, lo perdimos en un accidente de tráfico.
L.C.- ¿Ve mucho fútbol?
M.M.- Tres partidos cada fin de semana. Pero siempre desde las gradas. No veo los de la tele, porque el espectador se ve obligado a seguir los movimientos de la cámara. Carece, por tanto, de la perspectiva general del campo.