Bartomeu Mestre | M. À. Cañellas

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No hay titubeos en su discurso. Y al hablar sabe atraer la atención como pocos. Bartomeu Mestre (Felanitx, 1952), acaba de ver reeditada, trece años después de su publicación, "Balada d'en Guillem d'Efak", la biografía de Guillem Fullana Hada d'Efak, un artista que fue poeta, cantautor, actor, músico y dramaturgo.

Bartomeu Mestre afirma que Guillem d'Efak (Río Muni, 1930-Palma, 1995) hizo, de la ironía, coraza. Es posible. Su biografía pudo ser trágica (aunque fue moderadamente feliz, explosiva e intensa), porque si ochenta años atrás un negro en tierra de blancos no despertaba odios raciales, era exclusivamente porque uno solo no podía amenazar el statu quo dominante. Guillem d'Efak lo supo siempre. De ahí su visión irónica de las cosas (de todas las cosas). Tres anécdotas lo definen a él y a su entorno. Cuando sopesaba los pros y contras de consagrar su vida a la Iglesia, bromeaba con el color de su piel. Decía: «Vos imaginau si em faig dominic, amb l'hàbit blanc i jo tan negre...?» Para emanciparse, lejos de Manacor, tuvo que esperar a cumplir los veintiún años que otorgaban la mayoría de edad. El mismo día que los cumplió hizo la maleta y se despidió de su padre. Éste, consultó el reloj y le espetó: «On vas...? Encara et falten dues hores perquè te'n puguis anar». Y las esperó pacientemente. Y al contarlo se reía. Manacor, en aquellos momentos, le agobiaba. Otra anécdota: tuvo que soportar muchas bromas relacionadas con su primer nombre artístico. Y él respondía: «Al Príncipe Guillermo el va matar en Guillem d'Efak, de manera que vaig protagonitzar la primera acció d'afirmació republicana en temps de la Dictadura». ¡En fin...! Para definir su humanidad, amasada con arrobas de ternura, recurro nuevamente a Bartomeu Mestre, su biógrafo y amigo. D'Efak murió el 15 de febrero de 1995. Poco antes de entrar en coma le dijo a Mònica Pastor, su esposa, que acababa de llegar de la calle: «Aquesta nit pasada m'he mort, però he volgut esperar que tornassis de la feina per acomiadar-me de tu». Fue su último poema. El mejor, sin duda.

Le comento que, en la última década, d'Efak se ha convertido en referente de un amplio sector de la juventud. Me responde:
Bartomeu Mestre.- Aumentan sus admiradores. Aún así se alzan voces críticas que alegan que Blai Bonet, por ejemplo, fue mucho mejor poeta y, en cambio, no se lo valora tanto. Pero hay un hecho irrefutable: cuando se recitan los versos de d'Efak junto a los de los grandes poetas, llámense Blai Bonet, Miquel Àngel Riera o Damià Huguet, vemos cómo el auditorio se enamora preferentemente de los suyos. ¿Y por qué...? Porque continúan vivos.
Llorenç Capellà.- Ya.
B.M.- Además hay otra razón de peso que me la descubrió Llorenç Móra, el glosador. Me dijo que Guillem d'Efak tenía dos de las mejores cualidades de los grandes glosadors: insolencia e independencia. Y es cierto. D'Efak había decidido ser libre.
L.C.- ¿Y lo era?
B.M.- Totalmente. Le hubiera sido imposible vivir sintiéndose enjaulado.
L.C.- Es una pregunta inevitable ¿qué hacía militando en UM?
B.M.- El mismo lo explicaba. Viviendo en Barcelona tuvo la oportunidad de observar de cerca la implantación de CIU entre las clases medias. E imaginó que UM podía desempeñar, en Mallorca, el mismo papel. No creía en la pujanza de un nacionalismo exclusivamente cultural, sino que estaba convencido de que el motor del cambio tenía que ser la economía. Y seguro que ahora va a preguntarme cómo hubiera reaccionado ante los problemas judiciales que han afectado al que fue su partido.
L.C.- Ni me lo había planteado. No obstante, ya que usted lo menciona...
B.M.- Pues le digo que no lo sé. Pero le garantizo que nos hubiera sorprendido. Su naturalidad le hacía imprevisible. A comienzos de los noventa, cuando aún vivía, las tertulias radiofónicas ya tomaron el auge que tienen actualmente. ¿Y quién acudía y acude a estas tertulias...?
L.C.- Lo ignoro.
B.M.- Gente mediocre que hace suyo un discurso tan manido que duerme a los oyentes. Pues bien: Guillem d'Efak fue invitado a participar en algunas de ellas. Y acudió una vez, pero ya no repitió. Respondía con insolencia a la vulgaridad. Su independencia de criterio incomodaba a unos y a otros.
L.C.- Guillem d'Efak fue un negro en país de blancos.
B.M.- Se convirtió en el segundo negro de Mallorca, porque el primero fue otro guineano, Andreu Buele, que trabajó de ordenanza en la Diputación.
L.C.- Y sabiéndolo ¿me dirá que su insolencia no era, en realidad, una reacción de autodefensa?
B.M.- ¡Se ha especulado tanto sobre esto...! Que si la piel le hacía sentirse diferente a los demás, que si la Mallorca de su infancia, la de los años treinta y cuarenta, era racista... Lo cierto es que, en Manacor, tuvo una infancia feliz. El padre, ya mayor, al regresar de Guinea, lo confió a Margalida, su hermana, una solterona que ya rondaba los setenta. Y Margalida lo quiso con toda el alma.
L.C.-...
B.M.- Luego estaba el entorno, que lo acogió con los brazos abiertos. El propio Guillem afirmaba que había sido un claro ejemplo de discriminación positiva. Claro que la infancia sólo es una etapa de la vida...
L.C.- ¿Qué pretende decir...?
B.M.- Que si de mayor hubiera continuado en Manacor, hubiera conocido la otra cara de la moneda. Siendo veinteañero despertó una indisimulable inquietud entre algunas madres con hijas casaderas. Guillem era mujeriego. Y las mujeres le encontraban atractivo, guapo. Le repito lo que me contó Pífol...
L.C.- ¿Tòfol Pastor...?
B.M.- Sí, el caricaturista. Cuando Guillem se casó por primera vez, porque se casó tres veces...
L.C.- Vale.
B.M.- Una madre le espetó: "Sort que t'has casat, Guillem, perquè em pensava que tenyiries el poble".
L.C.- Mayor crueldad, imposible.
B.M.- El escritor Llorenç Femenías, al saberlo, publicó un artículo con un título significativo: "En Guillem no emmascara".
L.C.- ¿Antoni Fullana, su padre, fue Guardia Civil...?
B.M.- Sí, aunque en Guinea la Guardia Civil tomaba el nombre de Guardia Colonial. Cuando Guillem nació, era un hombre ya mayor.
L.C.- ¿Por qué se trajo al niño consigo de vuelta a Mallorca?
B.M.- Porque estaba seguro de su paternidad. Guillem tenía una mancha negra en la frente, idéntica a la de su abuelo paterno. En aquella época había muchos guardias civiles mallorquines en Guinea. Y muchos tuvieron hijos mulatos. Contaba, Guillem, porque lo sabía de su padre, que otro guardia, de Sóller, embarcó para Mallorca con su pequeño y en mitad de la travesía se arrepintió...
L.C.- ¿Se arrepintió...?
B.M.- Se preguntó qué le diría la familia al verle llegar con un hijo negro y barbaridades por el estilo. En conclusión: cogió el niño y lo echó al mar.
L.C.- Guillem d'Efak ¿volvió a Guinea?
B.M.- Nunca. Conservaba algunas fotografías con su madre, una mujer guapa, muy joven. Pero no quiso conocerla. Jaume Santandreu afirma que Guillem anduvo toda la vida buscándola, de ahí su espectacular vida amorosa. Pero me parece un punto de vista excesivamente literario. A la madre no se la busca en el lecho de las amantes. Por otra parte, no estuvo necesitado de amor materno porque la tía Margalida ejerció de madre. Era una mujer alegre, decidida, valiente. Y así salió él.
L.C.- Guillem d'Efak pudo entrar en el seminario y estudió magisterio. Al final no fue cura ni maestro.
B.M.- No le iba ni lo uno ni lo otro. Su primer oficio más o menos bien remunerado fue el de macarra. Reinaba en el Barrio Chino, en Palma. Y se casó con la Madame del Bohemia. Se rumoreó que Cela, Llorenç Villalonga y Llorenç Riber frecuentaban el bar... Pero Guillem jamás lo afirmó. Lo sacó de allí Max Woiski, el dueño de "La Cubana", un cabaret de El Terreno.
L.C.- ¿Por qué?
B.M.- Porque uno de sus músicos, negro, se había largado con una sueca. Así que precisaba otro negro. "Yo no sé cantar", le dijo Guillem. "Da igual, le respondió Woiski, los blancos creen que todos los negros sabéis". Así, casi por casualidad, nació "El Príncipe Guillermo".
L.C.- Volvamos atrás. ¿Abandonó Manacor para meterse en el Barrio Chino...?
B.M.- No. De Manacor se fue a recorrer mundo. Se embarcó en un bacaladero, en Terranova. Trabajó en la vendimia, en Catalunya Nord, y recogiendo lúpulo, en Alsacia. Finalmente fue minero en Lorena. Peleó con otros mineros, unos argelinos del Frente de Liberación Nacional que pretendían cobrarle el impuesto revolucionario, y salió malparado. Debido a los golpes recibidos tuvo que permanecer tres meses con los ojos vendados. Fue cuando regresó a Mallorca y se metió en el Barrio.
L.C.- Entiendo. Y de "La Cubana" pasa a Barcelona...
B.M.- Porque sus amigos, los poetas Josep Maria Llompart y Jaume Vidal Alcover, le animaron a que probara la aventura de la canción catalana. Él, en "La Cubana", ya cantaba en catalán. Era el sesenta y uno. Y en Barcelona estaba de moda todo lo relacionado con la "Nova Cançó"...
L.C.- ¿Cuándo le conoció, usted...?

B.M.- En el sesenta y ocho. Aunque sólo le traté superficialmente. Fue en "La Cova del Drac", el café-teatro que regentaba en Barcelona. Yo compartía mesa con un grupo de conocidos suyos y nos contó cómo había desarmado a un policía de la secreta que le vigilaba el local. Lo emborrachó y le quitó la pistola. Luego el policía pactó con él su silencio a cambio de que se la devolviera. Gobernación sancionaba la pérdida del arma como falta grave.
L.C.- Entonces la amistad de ustedes dos nace más tarde.
B.M.- A partir del setenta y nueve, cuando él regresó a Mallorca. Tenía proyectado, junto con Jeroni Fito y Jaume Santandreu, comprar un camión o una furgoneta e ir de pueblo en pueblo recitando poemas y haciendo representaciones teatrales al estilo de García Lorca con "La Barraca". Pero todo se quedó en proyecto.
L.C.- ¿Por qué...?
B.M.- Por falta de dinero, supongo. Josep Maria Llompart iba a jubilarse de sus clases de literatura en la Universidad y pensó que él podía sustituirle. Guillem era maestro, hablaba ocho idiomas y ya había obtenido premios de poesía tan importantes como el Carles Riba.
L.C.- Sí...
B.M.- Pues bien. Se entrevistó con uno de los vicerrectores y le expuso sus deseos de sustituir a Llompart. Al cabo de un tiempo le comunicaron que disponían de una plaza de bedel y que si la quería era suya. ¿Su reacción...? Trabajó de guía turístico, algo que ya había hecho en su juventud.
L.C.- Sus años en Barcelona...
B.M.- Desde el punto de vista artístico fueron los más fecundos. De todas formas, no acababa de encajar en un movimiento de la canción muy revolucionario pero que, en realidad, era de niños buenos y burgueses. Él no se integró en "Els Setze Jutges" de los Porter Moix y Espinàs. D'Efak iba a lo suyo. Como Ovidi Montllor, su gran amigo. Ellos dos se diferenciaban de los demás. Provenían de un mundo más canallesco. Vestían de negro. Congeniaban con la imagen de Yves Montand, de Evtuchenko...
L.C.- ¿Fue un hombre violento?
B.M.- ¿Guillem...?
L.C.- Sí. Se dijo.
B.M.- En los años en que lo traté, no. Al revés. Lo vi mediar en más de una ocasión para evitar peleas o rebajar tensiones. De joven, en cambio, tal vez lo fuera. Pere Martínez Pavía, el escultor, cuenta que su primera mujer, Pepita, le expresó sus temores a que la dejara de lado porque llevaba un tiempo sin pegarle. Tengo la certeza de que únicamente Guillem d'Efak sabía cómo era realmente Guillem d'Efak.
L.C.- ¿Pero usted qué cree?
B.M.- El d'Efak que conocí era una persona de trato entrañable, honesta, inteligente... Y no puede ser, la mía, una percepción errónea. Cuando en el noventa y cuatro, hallándose ya muy enfermo, se le organizó un festival de homenaje en el Auditórium, acudieron todos los artistas que lo habían tratado. Todos sin excepción. Por primera vez actuaron juntos Serrat, Raimon y Llach. Y posiblemente fue la última. Ello demuestra cómo lo querían. O cómo valoraban su figura. Probablemente lo admiraban. Sabían que personalizaba una libertad que ellos no siempre se habían atrevido a reivindicar.
L.C.- Dejémoslo. No es fácil dar la cara.
B.M.- No lo es. En las manifestaciones, en tiempos del franquismo, siempre se colocaba en primera fila. Tenía las agallas de la tía Margalida. Cuando la Guerra Civil, la encerraron varias veces porque se negaba a celebrar los éxitos del fascismo. Supongo que la influencia de su hermano, que fue censor, le evitó más de un disgusto. Pero ella no escarmentaba. Y Guillem se le parecía. Afirmaba que, en las manifestaciones, los grises no le pegaban porque siendo negro lo tomaban por norteamericano.
L.C.- ¿Bebía...?
B.M.- Cuando enfermó el especialista le hizo la pregunta que usted me acaba de hacer. "¿Ha visto usted una piscina olímpica...?", le respondió. Y añadió: "Pues me he bebido dos o tres llenas de Torres 10".
L.C.-...
B.M.- Siempre se refugiaba en la ironía. También se me ha preguntado si fue creyente. ¡Pues no lo sé! Supersticioso, sí, ya que llevaba en el cuello una cadenita con una herradura. Pero creyente... No lo sé. Dedicó una canción a la Mare de Déu de Lluc, lo que induce a pensar que pudo serlo. Pero si se lo comentaba me decía que amaba a la Virgen porque era Moreneta.
L.C.- Hemos empezado la entrevista hablando de la vigencia de su obra.
B.M.- Pervive como su mito. Le digo un refrán africano: "Nadie se muere mientras haya alguien que lo sueñe". Y a Guillem se le añora y se le sueña.