Nicolás se ha ganado el cariño de la gente de Rabiro. | Nicolás Nicolau

TW

Cada mañana se levantaba a las cinco de la madrugada, con el primer rayo de sol y hasta que éste, sobre las cinco de la tarde, no se escondía, Nicolás Nicolau colaboraba y aportaba un importante granito de arena en las labores de la parroquia mallorquina en Rabiro, a unos 200 kilómetros de la capital de Burundi, Bujumbura. Allí ha convivido con otros cinco mallorquines que día a día construyen el futuro de una tierra fértil y de amplia gama de tonalidades verdes.

Fina Bujosa y Antonia Campaner son las dos monjas de la Caridad que junto a Tomeu Barceló, Pere Mascaró y el ex vicario Episcopal Sebastià Salom se han convertido en una de las personas más queridas por la gente de Rabiro.


Misión

Durante su vida profesional, Nicolás Nicolau ha sido una persona destacada en la sociedad mallorquina. Primero se dedicó al mundo de la hostelería; posteriormente, trabajó en la firma Coca Cola y fue director comercial en la empresa de camiones Pegaso. Actualmente es presidente del Club de Cotxes Antics de Mallorca. Una persona que lo ha tenido todo, pero que dejó pendiente en 1993 un viaje a Rabiro (Burundi). Aquel año Nicolás y su mujer habían preparado pasar un mes en una misión que pertenece al arzobispado de Guitega pero por motivos profesionales Nicolás no pudo viajar. Una promesa que ha podido cumplir hace unas semanas tras pasar en Rabiro un mes y medio. «La sensación que he tenido, -confiesa Nicolau- es la de inutilidad de mi vida en una sociedad de consumo en función de cooperación hacia los demás». Y, añade, «en Rabiro edificas un futuro. Impacta ver una gente que no tiene nada, que refleja gran felicidad y, a pesar de ello, lo comparten todo». Su pequeño grano de arena ha consistido en repasar instalaciones eléctricas, remachar ventanas, hacer rejas, reparar motores, fabricar una cocina de leña para la casa de las monjas y otros trabajos muy útiles. En su modesta opinión, Nicolás asegura que «una persona que en un mes y medio quiere hablar de un país es del género tonto, porque en ese tiempo no da tiempo». Sin embargo, Nicolás ha quedado cautivado por una tierra de pequeñas colinas, donde llueve prácticamente todos los días, con una temperatura de entre 18 y 26 grados centígrados, y sobre todo por su gente. Grandes y mayores sienten un infinito respeto hacia los misioneros mallorquines, en una estructura social copiada sobre la eclesial y donde el 90 por ciento son católicos.
Los proyectos que se ponen en marcha son muchos y variados, como la creación de un taller-escuela de carpintería subvencionada por el Fons Mallorquí de Cooperació. El mensaje que Nicolau quiere transmitir a los mallorquines es de una enriquecedora experiencia personal donde por poco que uno pueda aportar, para esta gente es mucho y sin duda alguna, éstos responden con algo que no tiene precio, la felicidad.