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Ca’n Marqués, la casa histórica y bellísima que Nieves Barber quiso devolver a la vida, para vivirla y compartirla, abrió sus puertas de nuevo para maravillarnos con su belleza. Sus salas son tan elegantes en proporciones y están tan bien vestidas, inspiradas en las casas de la alta burguesía palmesana del XIX, que parece que el tiempo se ha detenido en ese espacio tan característico y desconocido de nuestra cultura.

Nieves quiso que la casa fuera didáctica, en el sentido de que en cuanto uno entrara en ella ascendiendo una de las escalinatas modernistas más bellas del mundo, tras cruzar un patio con arcada, sintiera que se transportaba a otro espacio donde la belleza, la elegancia, los modales, la cultura sobre todo, tenían un porqué. El caso es que esa noche, en la que me tuve que ir a cambiar y vestirme con americana, pues la ocasión lo merecía y rectificar es de sabios, estaba dedicada a uno de los genios del arte actual, el fraile franciscano y brasileño Sidival Fila, que muestra sus obras en la Galería Baró de Palma, que son los que les descubrieron en Brasil, se enamoraron de su obra, bellísima, y se empeñaron en traerla a Mallorca en cuanto tuvieran su galería abierta.

María Baró y Enno Solma son dos genios, dos personalidades que del arte y el mundo que lo rodea conocen todo, se estrenaron con éxito con José María Sicilia y continúan con su amigo brasileño, que es toda una autoridad incluso en el Vaticano. Su obra se vende, obviamente, pero el que ha hecho voto de pobreza no recibe ninguna compensación económica, puesto que todo lo obtenido va a obras de beneficencia impulsadas por la Iglesia católica. Así que no es extraño que en la cena primera de Can Marqués, además de todo o casi el who is who de Palma –pues quien no estaba convidado tenía o tiene un pequeñito problema del que todavía no es consciente–, está el obispo de Mallorca, que presidió la velada feliz y en muy buena compañía, además de la de otros altos cargos de la iglesia y del Vaticano desplazados a Palma para la ocasión. Nieves distribuyó las mesas en las diferentes salas de la casa, en cada una de ellas, una persona relacionada con el artista se encargaba de dar pistas sobre el hombre que hay tras la obra. Una obra que es mántrica, de una sensibilidad que solo se puede sentir observándola detenidamente.

Vayan si pueden a Sant Antoniet, o a la galería Baró, para extasiarse ante las telas de Sidival Fila y disfruten de la belleza de la oración sobre un lienzo, como hicimos muchos en cuanto conocimos al artista, joven, divertido, elegante y fraile devoto. Es el arte de calidad que siempre ha acompañado la historia de la Iglesia católica, en los espacios bellos que son un homenaje a Dios y que de siempre le han sido propios. La cena fue elegante, divertida, estuvo llena de anécdotas y vestidos maravillosos, como el de Chantal Jourdain, que estaba espléndida, o el de Neus Cortés, también maravillosa. De blanco virginal, María Zaforteza Duque de Estrada, la insuperable condesa de Deleytosa, a la que hacía tiempo no veíamos en sociedad. En fin, que fue una noche de las que no se olvidan, un regalo para el alma, una ducha para el espíritu, una comunión de almas en torno a una mesa y a un artista genial.