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Cada verano en su preciosa casa de Costa de los Pinos, heredada de sus antepasados, pioneros de esta urbanización tan emblemática de la buena vida, Álvaro Marañón y Bertrán de Lis, conde de Retamoso, pero también un alto ejecutivo de importantes entidades financieras y empresariales tanto nacionales como del extranjero, y su pareja, la aristócrata Mercedes de Valenzuela Van Moock, ofrecen en los jardines de su casa una cena de verano que ha devenido en tradicional de las últimas semanas de agosto.

El verano no parecería verano sin este tipo de cenas, elegantes en toda la extensión de la palabra, cuidadas con esmero y bellas de principio a fin. Cuando utilizo el adjetivo «bella» para definir una cena lo hago porque no se me ocurre mejor palabro para transmitirles lo que vivimos sobre las rocas y bajo los pinos de la Costa de los Pinos en Can Marañón. El mar se iluminaba únicamente por la luz brillante de la luna que marcaba el camino sobre el agua. Fueron la mágica blue moon y el mar, y las sombras retorcidas de los pinos, los encargados de seducirnos al instante de llegar.

Antes habíamos cruzado un jardín mediterráneo cuidado y oloroso en la noche, una casa con solera y el tan bien definido estilo mallorquín que se respira en cada rincón a pesar de los muebles centenarios que decoran las estancias, las pinturas familiares de buena factura que permanecen inalterables al paso del tiempo, que en ese lugar de la costa no existe. No existen ni el tiempo, ni las modas absurdas, ni existen la edad ni el futuro. Al entrar uno siente que ha de disfrutar de cada instante, de cada conversación que se le regale, de cada gesto o mirada amable que se perciba.

En ese mundo, lleno de tradición, pero más vanguardista que ningún otro por razones que ahora no viene al caso, se come relajadamente, siempre en la mejor compañía y siempre con la mejor de las viandas y los mejores caldos supervisados con mimo por los anfitriones. En esta ocasión triunfó sobremanera el cochinillo y como cada año entusiasmó las mesa de los postres, mallorquines y variados. Sueño durante el año con esa mesa de dulces única en el mundo. Entre los convidados, muchos habituales de cada año a los que siempre es un placer reencontrar, entre ellos la gran Agatha Ruiz de la Prada, marquesa de Castelldosrius y baronesa de Santa Pau, grande entre las grandes de España, que me presentó a dos señores que vale la pena conocer. Uno de ellos de actualidad no sé muy bien porqué razón, o sí lo sé, es atractivo, elegante, su sentido del humor destaca y además luce apellidos con honra, que no es poca cosa. Me refiero a Joaquín Güell, al que se define como el mejor partido de España en muchas publicaciones de sociedad.

Es el ex marido de Cayetana Álvarez de Toledo y padre de sus hijos. Con la política y sus hijos pasó unos días de vacaciones en la Isla y según me cuentan su relación es estupenda. No esperaba menos. Con ellos Luis de Burgos que, junto con Güell, destacó por su elegancia. Blazer de verano para tomar nota. Esperanza Padilla, Ernesto y Nita Balda, tan increíbles, Carlos Palacio, presidente de TALGO, y Teresa Gaytán de Ayala, a los que adoro desde hace ya muchos años, la estupenda Sonia de Valenzuela, Ángel Rojo, académico y catedrático, y su esposa bellísima Ema. Gonzalo Adán y Gari Durán, a los que siempre es un placer ver, Rafael e Inmaculada Ansón, una pareja estupenda que disfruta de la Isla como nadie, sobre todo de su gastronomía.

Él es presidente de la Academia de Gastronomía, los condes de España Xisco España y María Salom, la prestigiosa ginecóloga Isabel Alonso, una elegantísima Maite Arias y unos felices abuelos primerizos, Mateo Isern y María José Barceló. El antiguo alcalde sigue siendo un hombre respetadísimo como lo es Lucía, duquesa de Maura, elegante entre las elegantes que acudió acompañada de su hijo Alfonso Pérez-Maura, un hombre culto de conversación amena y sabio sentido del humor. Hasta aquí la gran noche que espero se repita muchos años.