Los agentes identifican a una ciclista que de noche iba al Port de Pollença. Resultó que era una trabajadora de una residencia de ancianos y la dejaron marchar. | Alejandro Sepúlveda

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«Buenas noches. ¿Me puede decir qué están comprando los clientes?». Una patrulla de la Guardia Civil entra en una farmacia del Port d’Alcúdia. La noche es cerrada y fría. Y llovizna. La pregunta tiene su lógica: se ha detectado que algunos compradores visitan esos establecimientos sólo como una excusa para dar un paseo: estiran las piernas, compran unas Juanolas, y vuelven a casa.

Un equipo de Ultima Hora acompañó esta semana a la Benemérita durante una patrulla nocturna por la Part Forana. Una demarcación que, pese a su amplitud, los agentes controlan de forma exhaustiva.

Las gasolineras son otros de los puntos de parada. Hablan con los encargados y se aseguran de que todo va bien. Cada carretera, principal o secundaria, es controlada a lo largo de la noche. La que enlaza el Port de Alcúdia con el Port de Pollença está desierta. Y negra, como la boca de un lobo. De improviso se escucha un ruido a lo lejos y de entre la oscuridad emerge una ciclista, que se sobresalta al ver a esas sombras de verde. Es una empleada de una residencia, que vuelve del trabajo. Tiene los salvoconductos en regla y puede continuar hasta su casa. La noche avanza y la Guardia Civil visita casas aisladas de la Part Forana, cerca de sa Pobla, Santa Margalida o Muro. «¿Todos están bien, caballero?», preguntan en un chalet cuando asoman un padre y su hijo. Los guardias, por supuesto, no olvidan las residencias de ancianos. De hecho, los mayores son una de sus prioridades. Esa noche visitan varios centros. Al entrar, el personal sanitario toma la temperatura a los agentes. Luego, en el hall, hablan con los encargados: «¿Necesitan cualquier cosa?». La noche acaba sin novedad. Pero el coronavirus no da tregua: mañana será otro día.