José Luis Carque Vera posa en el despacho que hasta hace unos días ocupaba Josep Palouzié. | A. Sepúlveda

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Su número de policía, que luce en la solapa del uniforme, es el 1.000: «Lo elegí porque soy el último en llegar y también porque espero que pronto la plantilla llegue a esa cifra». José Luis Carque Vera (Castellón, 1959) es el nuevo jefe de la Policía Local de Palma. De padre catalán y madre andaluza, tiene como meta recuperar la ilusión en el cuerpo, muy castigado por los casos de corrupción, y poner en marcha una policía de proximidad. Vecinal, pero no blanda.

En su toma de posesión del cargo habló de ‘país valencià’. ¿Es independentista?
— No. Desde niño en mi tierra la izquierda siempre hablaba de ‘país valencià’ y la derecha de ‘regne de Valencia’. Sólo es eso.

¿Llegaban a Castellón, cuando era jefe allí, las noticias de la corrupción policial en Palma?
— Sí que llegaban, el impacto mediático fue grande. Y debo decirle que la Policía Local de Palma, vista desde fuera, siempre ha sido un referente nacional. Al igual que la Guardia Urbana de Barcelona o la de Bilbao.

La moral en el cuartel está por los suelos. ¿Cómo se puede recuperar?
— Los policías locales no son de segunda. ¿Lo es un médico de familia? Claro que no. Es una especialidad básica. Nosotros también. Un policía local debe entender que nuestras funciones, bien aplicadas, son fundamentales. No debemos compararnos con nacionales o guardias civiles. Lo cierto es que la Ley nos trata como de segunda. Pero no lo somos. Siempre pongo un ejemplo: la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra. Los dos tienen algo en común, pero desde un punto de vista distinto. Son complementarios. Nosotros, en este caso, somos los psicólogos de la convivencia ciudadana.

Su modelo es una policía de barrio.
— La policía de barrio es una parte de la policía comunitaria. Del modelo que quiero para Palma. El error es creer que es una policía vecinal blanda. Eso no es así. La policía comunitaria atiende las cuatro fases: la respuesta (capacidad de reacción), el orden (tráfico), la comunidad (los barrios) y el análisis (la inteligencia policial).

Usted aboga por un trato especializado a los inmigrantes.
— Claro, que el policía de barrio conozca lo que ocurre en su zona. Por ejemplo, los casos de racismo. O si un inmigrante no conoce el idioma, ayudarle.

¿Potenciará la ayuda a los colectivos más vulnerables?
— Es lo que se debe hacer. Un trato especializado no solo a inmigrantes, sino también a colectivos como LGTBI. Para que haya igualdad, las minorías tienen que tener un trato que los iguale. Cuando alguien es transgénero, si nos dice que lo tratemos en masculino o en femenino lo haremos. Respetaremos su voluntad.

Hay mucho trabajo que hacer contra el machismo.
— Hay que romper mitos como el que la mujer conduce mal. Son la mitad de los carnets y tienen menos accidentes. Conducen, pues, mejor. Es un problema social. Dentro del cuerpo de policía también hay que conciliar. Hay mucho trabajo por delante.

En su modelo policial el papel de los vecinos, y las informaciones que pueden dar, es vital.
— Porque son los primeros que saben lo que pasa en su calle, en su barriada. Y si es de interés policial es importante que nos lo comuniquen. Tengo mucha relación con la policía mexicana y ellos han intentado implantar este modelo policial comunitario, aunque a los narcos no les gustaba nada porque sabía que los vecinos colaboraban. Conocí a un general de ese país que vino a España a aprender nuestro modelo al que le dispararon 1.200 balas, los traficantes. Y a una alcaldesa mexicana, muy valiente, que sobrevivió a trece atentados.

Palma, afortunadamente, no es México.
— Palma es una ciudad segura. Y así debe seguir.

¿Ampliará la plantilla?
— Ahora estamos en torno a los 800 policías locales en Palma. Me gustaría que llegáramos al millar.

¿Adiós a la unidades de intervención inmediata?
— En absoluto. Son necesarias. Pero el modelo será el de la policía comunitaria.