En los últimos meses son decenas los particulares afectados por los actos vandálicos contra vehículos estacionados | ALEJANDRO SEPULVEDA

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Todo empezó hace siete años. Algunas ruedas de coches empezaron a aparecer pinchadas. Desde entonces, con mayor o menor intensidad, los actos de vandalismo han continuado en Llucmajor y en los últimos meses se han incrementado, provocando la indignación vecinal. Algunos afectados, de hecho, se plantean crear patrullas ciudadanas para vigilar las calles.

La Policía Local y la Guardia Civil, oficiosamente, reconocen que identificar al autor –o autores– «es muy complicado». Se han infiltrado agentes de noche, ocultos en coches y haciéndose pasar por vecinos, pero los resultados han sido pobres. «Cogimos a unos menores que reconocieron a medias los hechos. Después hubo unos meses de tranquilidad, pero ahora han vuelto los pinchazos», contó una fuente policial.

También fue investigada una señora del pueblo, viuda, que padece el síndrome de Diógenes, pero no se pudo confirmar su implicación. El viernes, en el Ayuntamiento, se trató el tema, ya que los políticos son conscientes de la indignación que existe. Andreu Fontanet, que trabaja en la empresa de electricidad Tres Fills, ha denunciado ya diez pinchazos: «Temo coger un día el coche y no darme cuenta de que la rueda está perforada, y tener un accidente».

A María Coloma Alzamora, de Sucers Artesans, hace dos semanas le agujerearon las ruedas de su furgoneta de trabajo. Ana Crespillo mete siempre el coche en el garaje porque ya ha sido víctima de los vándalos. O Michelle Bravo, que el lunes descubrió que al Renault Clío de su hija -que está de viaje- le habían pinchados dos neumáticos. De seguir así, Llucmajor será conocido como el pueblo de las ruedas pinchadas.