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Marcos Ferragut tiene los pies cubiertos de sangre. Va descalzo y se ha cortado con los cristales de la botella que minutos atrás ha estampado en la cabeza a Rafel Gaspar Miralles. Una enfermera le practica las primeras curas y él la mira: «Sí, he sido yo. Yo le he matado».

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El carnicero, tras el brutal crimen, se atrincheró en su tercer piso de Campos, donde vivía con su esposa. Bomberos y policías locales aporrearon la puerta, pero él se negó a abrir. Finalmente, ante la posibilidad de que Rafel Gaspar aún estuviera vivo, dos agentes decidieron colarse por una ventana, ayudados por el brazo mecánico de un camión de bomberos. Entraron con pistolas y un escudo, por si el asesino estaba armado. No sabían lo que iban a encontrarse en el interior, aunque los gritos descritos por los vecinos no auguraban nada bueno. Del balcón, los funcionarios pasaron con mucho cuidado a una dependencia y finalmente descubrieron un charco de sangre en el pasillo. Al lado, yacía el cadáver cosido a puñaladas del joven de Montuïri.

El carnicero también estaba ensangrentado, sobre todo en los pies, pero su estado no era grave. Sólo unas heridas incisas, unos cortes. Marcos repetía sin cesar: «Yo lo he matado, he sido yo». Al parecer, llevaba un tiempo vendiendo las joyas de su mujer, sin que ella lo supiera, para comprarle cocaína a la víctima. También habló de un ordenador que supuestamente había sido sustraído de su coche, y que contenía unos vídeos de alto contenido sexual que supuestamente le grabó Rafel Gaspar. La Policía Judicial de Manacor, ya en el cuartel, consiguió que Marcos se ratificara en su confesión.