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A principios de los años cuarenta, cuando la Luftwaffe de Goering machacaba Londres, Miquel Llodrà escandalizó a sus vecinos pollensins: decidió marcharse a esa ciudad a estudiar inglés.

La Pollença ultraconservadora de la época no entendió semejante osadía y le bautizaron de por vida: Miquel de Cap Fotut. No era un apodo insultante, sino la constatación de que Llodrà era un adelantado a su tiempo. Un pionero en una Mallorca estática y arcaica. Pero al joven Miquel, que por aquella época era todavía un adolescente inquieto, no le fueron mal las cosas.

Camarero
Trabajó de camarero en Inglaterra, para costearse sus clases, y en poco tiempo dominó el idioma. Tenía una facilidad pasmosa con las lenguas extranjeras y se atrevió con otras. Con los años, llegó a hablar nueve idiomas, de los que dominaba a la perfección cinco o seis. Era un políglota que se seguía sintiendo ben mallorquí, y siempre que podía regresaba a la Isla. A finales de los ochenta, durante una comisión sobre Energía Atómica, conoció a Anne Wanjiru, una exultante keniata que le enamoró locamente.

Él ya era un prestigioso traductor de la ONU, con un sueldo muy elevado para la época y una buena posición en Mallorca. Y no le importó que ella aportara a la relación un hijo. Se casaron y nació el único hijo en común que tuvieron: Marc. Compraron una elegante embarcación y los fines de semana hacían excursiones. Una de las favoritas era el torrent de Pareis, que hizo por última vez con 71 años. Su físico era portentoso, aunque quizás menos que su intelecto. En los noventa las cosas se empezaron a torcer. Discutían con frecuencia y él ya no se encontraba cómodo con ella. Al menos no como antes, cuando la época de vino y rosas.

En 1999 llegó el punto de inflexión, el primero, en la vida de ambos: Anne enloqueció y le clavó unas tijeras. Fue detenida por la Guardia Civil y luego quedó en libertad. Llodrà se recuperó de la heridas, pero ya siempre vivió con miedo. No se fiaba de su esposa, que cada vez abusaba más del alcohol. La situación familiar degeneró tanto que se cruzaron órdenes de alejamiento incluso con los hijos. En los últimos años el jubilado, que añoraba sus años de viajes, denunció a la keniata. Hace sólo unos meses decidieron separarse, e iniciaron los trámites.

Aislados.
Anne ya casi no salía de la mansión de Es Calvari, una impresionante construcción propiedad de Llodrà que ella compartía con los dos hijos. Miquel también estaba amargado: refunfuñaba con frecuencia y le atormentaban las tribulaciones familiares.

El martes día 9 cometió el peor error de su vida: volvió a Es Calvari para recoger un busto de su hermana fallecida. Discutieron por enésima vez, pero en esta ocasión el maltratado se convirtió en el presunto homicida. Aceleró cuatro veces con Anne bajo las ruedas de su Citroën C3 y la arrastró quince metros. Alegó accidente, pero el erudito no calculó un detalle: la cámara que él ordenó instalar lo había grabado todo.