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El Carnaval es la fiesta de febrero, el mes de los lobos, del frío y de los locos. Y, como él, debería ser lo que era en su origen: un irreverente tubo de escape para no morir de asfixia en una sociedad dominada por la religión, la severidad y la tradición. Todo eso, por suerte o por desgracia, ha saltado por los aires en el mundo occidental desarrollado y, por eso, el Carnaval ya no tiene ninguna razón de ser. Ha acabado convirtiéndose en una simple fiesta de disfraces que ni conlleva borracheras, ni conduce al putiferio o la agresión ni permite a nadie salirse de su rutina para disfrutar, por unas horas, de una doble vida pecaminosa, vengativa y divertida. Siempre, claro, bajo una máscara donde ocultar tu identidad.

Lo de ahora es, como casi todo, otro negocio con el que hacer caja: vender disfraces de poliéster fabricados en China que se usarán una sola vez y organizar desfiles populares que recorren las calles con la única intención de provocar algunas risas y cierto asombro. También el turismo explota el reclamo desde Canarias a Cádiz, Brasil o Venecia, cada uno con su estilo. Los niños participan encantados, porque para ellos no es más que eso, una fiesta de disfraces, tantas veces dominadas por el universo consumista impuesto por Hollywood. Deberíamos explicarles, en realidad, de qué se trata. Aunque en una sociedad como la que tenemos, donde las libertades –al menos las sexuales– están plenamente garantizadas, disfrazarse para pecar y ser libre suena ridículo. Quizá deberíamos aprovechar el carnaval para liberarnos de los yugos que quedan: decir, cantar o escribir lo que nos da la gana sin temor a acabar en la cárcel o en el exilio por ofender a quien no entiende, por ejemplo, la libertad de expresión.