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Casi veinte mil muertos en un terremoto con sus réplicas, son muchos muertos. En realidad, dos muertos ya son una multitud. Es como si la madre tierra –pachamama, decían los andinos-, se cebara con sus criaturas cada cierto tiempo. Los terremotos son las bombas atómicas que nos manda la naturaleza. Pocas veces la sismología nos puede avisar para que nos preparemos ante algo que apenas podemos evitar y casi nada prevenir.

Los terremotos que han devastado la Turquía oriental y una buena parte de Siria, han movilizado al mundo entero. Los medios de comunicación se han volcado para que volvamos a ver la muerte en directo. Son las imágenes de siempre. Edificios caídos, cadáveres en las calles, supervivientes que son rescatados horas o días después de haber sido sepultados. Cambian los escenarios, cambian los nombres de los muertos, pero las imágenes se repiten.

Sin embargo, en esta ocasión hay elemento añadido, en realidad omitido. Ese elemento es Siria. Las imágenes que recibimos, los datos que nos cuentan, las referencias que nos dan, los nombres de los muertos, son turcos. No hay información sobre Siria. No tenemos imágenes de las poblaciones sirias afectadas. No hay número de muertos sirios. No sabemos si se ha abierto la ayuda internacional a Damasco o a Alepo. Quizás sea culpa del gobierno sirio. Tal vez el silencio es consecuencia de su régimen autocrático. A lo mejor tiene algo que ver la década de guerra civil que ha diezmado a la población. Siria no existe y su terremoto tampoco. Como tantos otros lugares de los que nadie habla o parece no querer hablar.

A lo mejor –a lo peor en este caso-, quienes más necesitan la ayuda humanitaria no sean los turcos sino los sirios que, además del terremoto sísmico, sobreviven al terremoto de una guerra civil que los ha hundido en la miseria.