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La última gran polémica literaria llegó la semana pasada con los Premis Ciutat de Palma. El ganador en poesía aprovechó los vacíos legales que dejan las bases para embolsarse 12.000 euros por un poemario escrito en castellano que el jurado leyó en un catalán. No sabemos cuánta pasta ganó el traductor. Supuestamente ganó el mejor. Fin de la polémica. Resulta más sorprendente que el Ciutat de Palma de Novel·la quedase desierto con más de 70 obras presentadas.

Siempre he defendido que los premios dotados por el erario público tienen que concederse, y más habiendo tal cantidad de originales presentados y que debe haber un filtro previo ejercido por lectores profesionales bien pagados para que el jurado escoja entre las finalistas. Propuesta para el año que viene, una novela escrita en castellano por un programa de inteligencia artificial y traducida al catalán automáticamente. A lo mejor gana y todo.