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Tamara ha sido elevada a los altares de la fama, no sé si por su fe, por su capacidad de perdón, porque parece tonta o porque es muy lista y se ríe de los idiotas que tragan basura. La certeza es que su cuenta corriente, como la de otros que nacieron con apellido y no han pegado palo al agua, sigue creciendo a partir de las pildoritas que tiene a bien dosificar. Y el público las consume con la misma adicción que una droga. Pronto escribirá sus memorias y será bestseller. Como Harry. Porque el chismorreo es el opio del pueblo.

Ahora, el tema más importante de este país es que la hija de la Preysler ha vuelto con su exprometido infiel, que vuelve a ser su prometido y van a casarse y tener hijos. Vamos, como hacen millones de parejas. Y nos tiene en ascuas creando una gran cortina de humo. Ya no importa el precio de la luz, ni la guerra, la inflación, los ataques a la democracia en Brasil, ni quién nos gobierna… O sea, un aliado para el poder. La atención está centrada en ella, con la sola amenaza de su protagonismo por parte de quien la parió, que ya la ha ensombrecido con su ruptura con Mario, y lo hará otra vez si vuelve o encuentra nuevo galán. Al humano le encanta el chismorreo más bajo, generalmente cruel y destructivo, pero quién sabe si eso le ha salvado socialmente. Lo dicen algunos antropólogos. Yuval Noah Harari, en su libro Sapiens. De animales a dioses, plantea la teoría del cotilleo como un lenguaje que ha permitido la no extinción de las comunidades, al vincular la información a la supervivencia. Es decir, señalar a los mentirosos, a los cobardes, a los perversos… O inventarlos, qué más da. Y así surgieron las noticias de sociedad, primero centradas en los entresijos y forniqueos de la Corte, con gacetillas de la alta sociedad que derivaron en un periodismo sensacionalista e incluso amarillo. El que explotan tabloides británicos como The Sun o The Daily Mirror o el germano Bild Zeitung, que mantienen tiradas millonarias. En España, consumos similares solo las soñamos en la prensa rosa, esa que nadie en su sano juicio denominaría periodismo, y no en difusión sino en lectores. Así, la revista Pronto alcanza 1,3 millones de lectores y Hola 930.000, lejos de las cifras de la prensa informativa.

Nuestra tele contribuye a la narcotización del populacho, con programas como el incomprensiblemente incombustible Sálvame, que despelleja a celebridades y a los tertulianos y da cobertura a jetas. O donde otros espacios han convertido la vida y obra de anónimos, siempre con folleteo e insultos, en reyes por un día. Es la universalización de la fama, que, bajo la apariencia de igualdad, permite el ascenso y caída de algunos utilizados como payasos. No creo que los chismes hayan salvado a la humanidad. Más me decanto por la opinión del Papa: «El chismorreo es una carcoma, corruptora, que mata la vida de una comunidad». A ver si logramos salvarnos.