Irene Montero se ha convertido esta semana en una de las personas más odiadas de este país y, al mismo tiempo, una de las más admiradas y respaldadas. Todo depende del color del cristal con que se mire. Los catetos han corrido a descalificarla por cuestiones triviales y personales, porque en términos políticos no tienen una respuesta válida. Que si está ahí por su relación sentimental –les ha faltado añadir también sexual–, que trabajó de cajera en un supermercado... en fin, las bajezas propias de quien no tiene suficientes argumentos para ponerse a la altura y debatir. El caso es que la ministra sacó a colación en el Congreso la expresión «cultura de la violación» y los ocupantes de la bancada conservadora se consideraron insultados, porque interpretaron que les estaba llamando «violadores» a la cara. No, hombre, no. Cuando se tratan este tipo de asuntos, especialmente si se hace entre personas a las que pagamos muy generosamente entre todos para que intenten resolver los problemas del país, lo mínimo que podríamos exigirles es cierto nivel cultural.

Si no dominan todos los temas, como es natural, al menos que tengan la decencia de prepararse las sesiones y estudien un poquito. No mucho, basta un atento paseo por Google para extraer cuatro datos y unas cuantas nociones que no te hagan quedar como un paleto en el Hemiciclo. La cultura de la violación no es un insulto, tampoco un término que la ministra se ha sacado de la manga. Es un concepto ya antiguo, nacido hace cincuenta años y que describe a la perfección el entorno en el que vivimos las mujeres –todas– hoy. Estudien, estudien, y verán que la Montero tiene razón.